Por: María Antonieta Solórzano

Respire profundo… tranquilo

Es difícil mantenernos serenos al ver que nuestra existencia se encuentra amenazada desde tantos y diferentes contextos. El peligro surge desde los escenarios más amplios hasta los más sencillos.

El calentamiento global que puede inundar, helar o secar la tierra que habitamos hasta hacer imposible sobrevivir; el complejo proceso de la economía que puede dejar sin medios de trabajo a grandes masas de población y, en consecuencia, empobrecer países e individuos; la incapacidad para solucionar conflictos sociales, políticos y familiares a través de la conciliación infesta al mundo con guerras estériles, en las que sin duda ni siquiera los vencedores son ganadores; o las familias que convierten el hogar en un territorio donde los cónyuges se engañan y los padres maltratan o abusan a los hijos.

En esta época, más que en ninguna otra, resulta urgente aprender a trascender los patrones hereditarios de respuesta frente al peligro. Estamos muy acostumbrados a que nuestra biología y no nuestro discernimiento se encargue de lo que hacemos, frente a lo dañino y azaroso. Si, por ejemplo, el carro que va adelante frena repentinamente escogemos una de las dos conductas que vienen en nuestra dotación genética: atacar o huir. Rara vez respiramos profundo, nos serenamos, sorteamos la situación y continuamos el viaje sin engancharnos, por lo menos, en una pelea mental e interna con el chofer del otro carro.

¿Será posible que podamos convertir la serenidad en la respuesta usual cuando hay que afrontar problemas personales, familiares, sociales o económicos? Sin duda, los seres humanos somos capaces de trascender la ira y el miedo, y desarrollar la serenidad que permite al pensamiento y a la voluntad unirse para crear el discernimiento.

Sin embargo, este proceso requiere cambiar algunas creencias y costumbres. Por ejemplo, la idea de que lo normal es sentirse nervioso, irritable o molesto y que lo ‘lógico’, en esos escenarios es sentir ira y luego, sin fórmula de juicio, atacar. En otras palabras, hay que renunciar a seguir el patrón biológico más primitivo aun cuando sea lo permitido y retirarse de la ruta que conduce a usar la Ley del Talión y la venganza.  

Por esa vía, repito, podemos vernos envueltos en la cadena sin fin de la violencia. Como sucedió hace sesenta años, que con ocasión del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán El caudillo se desencadenó el Bogotazo, donde murieron miles de personas y se destruyó gran parte de la ciudad. Y, más recientemente, cuando en Lhasa lo que se inició como una protesta pacífica y terminó con 19 personas muertas y centenares heridas. O, en el Ecuador, el linchamiento y la muerte en la hoguera de dos colombianos. Todo este dolor contrasta con la dramática realidad de que al final del día ninguna de estas acciones logra reparar ni construir.

En medio de un altercado familiar, un padre de familia, viudo, me decía: tengo mucho dolor, rabia, abatimiento, no logro entenderme con mi hijo, estoy convencido de que todo lo hace para vengarse de mí. Ahora afirma que yo lo abandoné y que nunca lo he cuidado.

Mi esposa murió —seguía— cuando él tenía apenas unos meses de nacido. Yo me dediqué a ellos, no volví a casarme, precisamente para poder estar con mis hijos, pero a él le parece que no tiene ninguna obligación conmigo ni con su hermana; es egoísta, quiere que organicemos la vida sólo para atenderlo a él, hay momentos en que he llegado a sentir que fracasé, entonces me lleno de ira y me provoca desaparecerlo.

Expresión que el muchacho utilizó para escalar el conflicto y dijo: ahora sí que me hiciste daño, cómo vas a decir que yo te importo si lo que quieres es desaparecerme. El abuelo intervino en ese momento y sencillamente preguntó: bueno, después de haber expresado toda la rabia y la ira, díganme, ¿cómo quieren que sea su relación cuando tengan mi edad? La posibilidad de ver las consecuencias futuras de la conducta sirvió para que los dos pusieran un freno a la cadena de la agresión y abrieran la puerta a la serenidad y al discernimiento.

Sólo cuando la serenidad y el discernimiento iluminen las acciones humanas, podremos enfrentar y conjurar los peligros que en la actualidad amenazan nuestra existencia sobre la tierra.

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