Por: Patricia Lara Salive

Responda, presidente Chávez

La detención por más de dos años, sin juicio, del venezolano Herman Sifontes, fundador y presidente de Econinvest, la principal compañía de bolsa de Venezuela, lo mismo que la de otros de sus directivos, Miguel Osío, Juan Carlos Carvallo y Ernesto Rangel, es una injusticia cometida con propósitos electoreros, ante la mirada cómplice del presidente Chávez o, por lo menos, ante su calculado silencio.

Herman Sifontes es un gran empresario que tuvo la rara costumbre de dedicar la tercera parte de sus ganancias a fomentar la cultura a través de su Fundación para la Cultura Urbana que, entre otras cosas, organizaba foros con escritores como Héctor Abad, Enrique Serrano y Jorge Volpi, y publicaba libros. Recuerdo verlo aterrizar en Cartagena para asistir al Hay Festival, con amigos invitados por él, a escuchar las charlas de los escritores. ¡Es que Herman disfruta de verdad la literatura! Por eso, en prisión, se ha dedicado a crecer interiormente y a devorar libros: “El que más me ha impactado aquí ha sido uno que me regaló Héctor Abad, el Diario de Lecumberri, de Álvaro Mutis, muy duro de leer en este encierro, pero fascinante; y Los miserables, de Víctor Hugo, que ahora releo”, me respondió ayer por chat.

Se los acusa de una especie de concierto para delinquir, dizque por cometer un delito cambiario que no existía en el momento en que se realizaron las operaciones por las que se los capturó, las cuales, de paso, según una opinión del Grupo de Trabajo sobre Detención Arbitraria de la ONU, que en noviembre de 2011 se pronunció sobre el caso, no se ajustaron a la ley.

En esa opinión, la ONU, luego de estudiar el tema y de no obtener respuestas del gobierno venezolano, determinó que dicha detención “viola los derechos humanos”, “fue hecha sin orden judicial”, y se los acusó de cometer un delito que no existía. Agrega que “las violaciones a las normas internacionales sobre el juicio justo son de una gravedad tal que otorga a las privaciones de libertad un carácter arbitrario”, y que el gobierno de Venezuela debe disponer “la inmediata libertad” de los prisioneros y otorgar “una reparación por el mal causado”.

El concepto de la ONU cobra vigencia, pues Herman Sifontes y compañía apelaron la prórroga de su detención, a ver si se les respeta su derecho a enfrentar el proceso en libertad, dado que las convenciones internacionales establecen que, cualquier detenido, pasados dos años en prisión sin recibir sentencia, debe ser liberado de inmediato. Lo más aberrante, es que les prorrogaron la detención dos años más.

Y el gobierno venezolano y el presidente Chávez han sido cómplices de la arbitrariedad, o la han estimulado (¿u ordenado?). De eso no cabe duda: no sólo no le respondieron a la ONU, sino que Chávez ni siquiera tuvo la cortesía de contestar la carta que a fines de 2010 le enviamos escritores y periodistas, encabezados por Jon Lee Anderson, William Ospina, Alfredo Molano, María Teresa Ronderos, María Jimena Duzán, Óscar Collazos y Daniel Coronell, la cual le entregamos Jaime Abello y yo al embajador venezolano.

¡Es que los intelectuales no sólo conocemos sino queremos mucho a Herman Sifontes! ¡Y cómo no va a ser así! ¡Herman no sólo es un mecenas de la cultura sino un espléndido ser humano!

Presidente Chávez: tenga la certeza de que si permite esa libertad, reparará una injusticia. Y a un creyente como usted, seguro, ese gesto se lo tendrá en cuenta Dios a la hora de nuestra inevitable rendición de cuentas.

 

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