Por: Juan Gabriel Vásquez

Responsables

Decía Andres Felipe Arias que no, que él no sabía nada sobre el manejo de Agro Ingreso Seguro.

Dice Samuel Moreno que no, que él no acepta ninguna responsabilidad en los cargos que se le imputan. Dice Uribe que no, que él no tiene ninguna responsabilidad en lo que pasó con el DAS bajo su mandato, y dice que si Noguera “hubiera delinquido”, él se disculparía. Se habló entonces de perdón público, pero no veo cómo pueda interpretarse así una frase escrita en condicional sobre un fallo de la Corte Suprema de Justicia, que es, como sin duda lo sabe Uribe, la cosa menos condicional que hay. En fin: sin entrar en líos penales, estos tres personajes han dejado muy en claro que eso de asumir responsabilidades ya no está de moda.

Pero no hay por qué limitarse a nuestra lúgubre realidad colombiana, donde la irresponsabilidad fue durante ocho años el modus vivendi de la clase política (y algunas costumbres son difíciles de erradicar). Decía Rupert Murdoch que no, que él no era responsable del espionaje llevado a cabo por su periódico News of the World. Decía Dick Cheney que no, que la administración Bush no era responsable del deterioro de Afganistán tras el comienzo de la guerra en Irak. Decía el papa Ratzinger que no, que él no era responsable de los abusos de Marcial Maciel, a pesar de la notoria lentitud, rayana en el encubrimiento, con que reaccionó a las miles de denuncias de las víctimas. Decía Hugo Chávez que no, que él no era responsable de la inseguridad en Venezuela, a pesar de que durante su mandato la cifra anual de homicidios se haya multiplicado por cuatro.

Todos estos hombres son dirigentes de algo —eso que en otra época se llamaba “responsables”: habrá que cambiar la palabra—, pero no se necesita tener gente a cargo para rechazar, como lo exigen los tiempos, toda responsabilidad por nuestros actos. La irresponsabilidad puede ser cómica. El presidente de la comunidad española de Extremadura, detenido por manejar a 180 kilómetros por hora, decía: “Yo no soy responsable de que el coche corra”. La irresponsabilidad puede ser trágica. El asesino brasileño, en el video en que anunciaba la masacre ya próxima, decía: “No soy responsable de las muertes que ocurrirán, aunque mis dedos estén en el gatillo”. La irresponsabilidad puede ser cínica. Una página web que ofrece libros pirateados dice: “Este blog se limita a ofrecer el contenido, no es responsable de los usos ilegales. El lector que baja un libro, está en la obligación de comprarlo después”. La calidad de la redacción va de la mano con la altura ética del personaje, y sin duda de los que aprovechan sus ofertas.

Y en estos días me he preguntado si todo lo anterior tendrá alguna relación, aunque sea indirecta y remota, con el hecho de que nunca tantos habían hecho tanto desde el anonimato. Ahora mismo hay millones de personas en todo el mundo que opinan o insultan o descalifican escondidas detrás de un seudónimo, que en Facebook o en Twitter o en los blogs dicen cosas de las que nunca se harían responsables si tuvieran que poner la cara. “No soy responsable de lo que digo”, vienen a sostener estos individuos. Les parecerá que nosotros, los que firmamos cada palabra que decimos y además ponemos la foto, somos unos pobres inocentes.

Hay días en que pienso que tal vez tienen razón.

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