Por: Mauricio Botero Caicedo

Respuesta a una carta

POR RESPETO A LOS LECTORES, y de manera similar a la que le tocó enfrentar al columnista Ramiro Bejarano con unos energúmenos ambientalistas, rechazo la simpleza de que estoy impedido de opinar sobre temas agrarios, concretamente sobre las ZRC.

El argumento de los firmantes de la carta publicada en este diario (http://www.elespectador.com/opinion/sobre-un-columnista), que incluye organizaciones como Cinep, Oxfam y la Comisión Colombiana de Juristas, es que todas mis opiniones relacionadas con tierras o desarrollo rural no son independientes, sino que responden a mis intereses privados porque hago parte de la Junta Directiva de Riopaila-Castilla S.A. ¡Nada más torpe y alejado de la sindéresis! Descalificar mis opiniones sobre temas agrarios por hacer parte de la Junta de una de las miles de empresas del sector es tan peregrino como descalificar las opiniones de todo economista que se respete en este país y que muy seguramente o forma parte de juntas directivas, o asesora a empresas a nivel nacional e internacional. Ajeno a prebendas burocráticas o canonjías de ONG internacionales, mis opiniones son estrictamente personales.

En vez de satanizar el desarrollo empresarial del agro, lo que las organizaciones firmantes de la carta deberían hacer es darse un viaje de estudio a Brasil, Argentina, Chile y Perú. Asfixiadas las dos primeras por la corrupción endémica que fue tolerada (por no decir auspiciada) por la izquierda representada por el Partido de los Trabajadores en Brasil y el kirchnerismo en Argentina, estas dos naciones han evitado hundirse en el caos dado el espectacular desarrollo de su sector agropecuario, que en alianzas con los grandes, medianos y pequeños agricultores ha logrado transformar a Brasil y Argentina en potencias agropecuarias mundiales. Hacia el Pacífico, tanto Chile como Perú han convertido la fruticultura en uno de los principales motores de su economía. Que el autor de esta columna tenga conocimiento, ninguna de estas cuatro naciones ha requerido Zonas de Reserva Campesinas para lograr dicho desarrollo.

El connotado economista, Rudolf Hommes, en su reciente columna del diario Portafolio (Mar. 29/15), señala: “El debate sobre desarrollo agrícola se enquistó y quedó atrapado en el tema de baldíos, que está promoviendo situaciones absurdas como la de los que se están armando para defender las tierras que tienen en posesión, y es absolutamente inadecuado para formular una política agropecuaria coherente y productiva o para entender y hacer comprender cómo manejar la tierra, uno de los más valiosos activos del Estado, sin feriarla ni dejar perder la oportunidad derivada de que Colombia es uno de los siete países en el mundo que pueden expandir ampliamente su área cultivable con tierra altamente productiva”.

Finalmente, los firmantes de dicha carta argumentan que “Nuestro trabajo está basado en investigaciones y análisis serios con fundamentos en estudios técnicos”. De ser así —acompañadas de otras instituciones nacionales e internacionales huérfanas de sesgos ideológicos—, ¿por qué no adelantan un estudio objetivo, serio y técnico sobre las 6 ZRC en existencia a partir de 1994? ¿Ha aumentado la productividad agrícola en dichas ZRC? ¿La migración de los campesinos a las urbes se ha detenido? ¿Se conservan los recursos naturales y se protege el medio ambiente? ¿Se ciñen las ZRC existentes a la ley, o por el contrario son resguardos de cultivos ilícitos como lo han comprobado los funcionarios de Consolidación Territorial?

Con dicho estudio en mano, el diálogo puede ser mucho más constructivo.

 

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