Por: Eduardo Barajas Sandoval

Respuestas de valor universal

El mundo tiene a la mano más de una clave para contrarrestar los peores problemas de la época, y sus más típicos defectos, pero parece no darse cuenta.

La vida contemporánea, cada vez más compleja y más rica, se olvida tranquilamente de acciones clásicas y por lo tanto sencillas, que lo harían todo más fácil si se lograsen generalizar. Recurrir a ellas de manera menos episódica y más sostenida ayudaría, aunque a los ojos de muchos parezca una utopía, a la paz mundial.

No hay congregación humana capaz de poner juntos a los mejores representantes de las virtudes humanas, en torno a los principios más nobles, como los juegos olímpicos. La idea nació de alguna manera ligada a los ideales democráticos en su manifestación más elemental, y estuvo animada desde un principio por las mejores intenciones de poner en práctica la sana competencia en condiciones de entendimiento, respeto e igualdad.

El olimpismo es tal vez uno de los más valiosos y mejores bienes comunes de la humanidad. No hay nación sobre la tierra que no esté de acuerdo en la bondad de sus principios y no quiera, así sea de la manera más elemental, entrar en el juego de su práctica. Esto hace que en muchos casos los representantes de países con regímenes políticos opresivos tomen parte, así sea furtivamente, en un experimento de competencia y abierta libertad.
Los escenarios de los juegos olímpicos no admiten diferencias previas entre los competidores. De alguna manera todos llegan a rivalizar en igualdad de condiciones, y son su esfuerzo y su entrenamiento los que determinan su resultado. Las potencias olímpicas lo son simplemente porque sus atletas son mejores. Otra cosa es que se les apoye como parte de la vida cotidiana o como propósito de propaganda y orgullo nacional.

El esfuerzo, la disciplina, el rigor, el cumplimiento de las reglas y el juego limpio, están a la base del éxito en el ambiente más competitivo, que invita a mostrar en abierta confrontación que se tienen habilidades para hacerlo mejor que los demás dentro de un conjunto verdaderamente universal. Por fortuna esas virtudes se vuelven contagiosas y ayudan a contrarrestar la tendencia perniciosa hacia el éxito fácil y súbito, cuando no a la justificación del fin por los medios como signo equivocado de superioridad.

Los juegos olímpicos son ocasión excepcional para encontrar evidencias del balance entre fuerza, habilidad, coraje y poder mental. En semejante escenario de comparación no es difícil advertir la importancia que tiene cada uno de esos elementos y cómo en un momento determinado el último de ellos viene a convertirse en el factor definitivo del éxito. Algo sobre lo cual vale la pena reflexionar en el seno de sociedades que viven más del qué dirán que del quién soy y de qué seré capaz.

La creación de verdaderas comunidades internacionales en torno a una u otra disciplina y la promoción del deporte como ejemplo de desarrollo humano integral, no necesariamente ligado a intereses económicos, permiten pensar en un mundo en el que el campo de las motivaciones comunes sea cada vez más amplio y abra nuevos caminos al entendimiento internacional de los pueblos, que de pronto es más promisorio que el de los Estados, a juzgar por lo que ya comienza a suceder con la expansión y consolidación de las redes sociales.

En medio del ruido innecesario con el que algunos tratan instintivamente de entusiasmar a la audiencia con los juegos como espectáculo, bien vale la pena reflexionar sobre todas esas otras dimensiones del concurso de habilidades físicas y de resistencia y equilibrio mental más grande que se pueda imaginar. Al tiempo vale la pena advertir la variedad enorme de actividades deportivas que ofrecen posibilidades de escoger mucho más allá de las que por lo general atrapan la atención pública en una u otra región del mundo. Ahí están abiertas unas cuántas opciones de contrarrestar, en el fondo de la sociedad, el avance peligroso de la intolerancia, la envidia y la trampa como medio para sobresalir. También están dibujadas, como ha sucedido desde el origen de la tradición helénica, nuevas posibilidades de inspiración para que la juventud trate de hacerlo todo cada vez mejor.  

 

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