Por: Julio Carrizosa Umaña

Restauración del Atrato

¿Qué fue lo que pasó en el Atrato? ¿Quién pagará para restaurar el río más importante del Chocó? ¿Cómo se reconstruirá el tejido social comunitario, que hace menos de 30 años se consideraba un ejemplo de cohesión, de energía y de esperanzas? La Defensoría del Pueblo, el día del medio ambiente, presentó los estudios que la organización Tierra Digna, la WWF, la UPME, Minambiente y varios investigadores privados, todos financiados por las Naciones Unidas, han elaborado para contestar esta pregunta a raíz del fallo T 622, en el que un Tribunal colombiano por primera vez trató al río como una víctima intrínsecamente unida a la comunidad.

Coincide esta grave preocupación con un nuevo proceso de defensa de la minería que ha ocupado los medios. “Colombia vale oro”, titula Semana; en El Tiempo, Moisés Wasserman, mi respetado amigo, recomienda a los científicos que proporcionen soluciones y Gunter Pauli, famoso ambientalista internacional, contratado por una de las grandes empresas mineras que actúan en Colombia reconoce, sin decirlo, que no hay ejemplos internacionales de buena minería aurífera puesto que, según él: “en el sector del oro, Colombia será el pionero”. Ese optimismo de Pauli no lo compartimos quienes hemos oído durante años promesas semejantes.

Reconozco que el oro ha sido importante en la historia de Colombia, lo he detallado en mi libro Colombia Compleja y me uno a Moisés en su llamamiento a los investigadores. Por eso recomiendo la lectura de los estudios recién terminados en donde los investigadores muestran la tragedia que los equipos de excavación de última tecnología y el uso masivo del mercurio han transformado en un infierno la cuenca media del rio Atrato, el mismo que, pocos años atrás, otros pensadores recomendaban que fuera la solución económica para todo el país, la misma cuenca que con su ejemplo comunitario dio lugar a la expedición de la ley 70, la misma región que fue estudiada durante varios años por BioPacífico para encontrar los usos de su biodiversidad.

El siguiente paso que se debería dar ahora es que las ciencias sociales, incluidas la historia y la geografía, las ciencias económicas, las administrativas y las políticas, le explicaran al país detalladamente qué fue lo que pasó en la primera década de este siglo, cuando todas esas esperanzas se convirtieron en una desgracia que envenenó a los habitantes de la cuenca y destruyó todo un ecosistema ribereño.

 

 

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