Por: Columnista invitado

'Retratos de familia': ¿un malentendido?

Retratos de familia, documental sobre las madres de Soacha y su búsqueda de justicia en el caso de los falsos positivos, fue objeto de un artículo en la sección Bogotá de El Espectador este domingo.

El trabajo dirigido por Alexandra Cardona se ubica en la encrucijada de debates como la representación de las víctimas, las mediaciones institucionales de la memoria y los grados de elaboración que ésta reclama. Esto último difiere si se trata del periodismo —“ese primer borrador de la historia”—, del documental cinematográfico o televisivo, o de la ficción escrita o audiovisual, por poner tres ejemplos de formas de relatar el pasado. Lo propio del periodismo es presentar los hechos en bruto e ir ofreciendo, en su desarrollo, los elementos para una mejor interpretación. El documental o la ficción, al llegar después y trabajar con otros tiempos, deberían agregan nuevos sentidos a los acontecimientos.

Vi Retratos de familia en la proyección de octubre de 2011 en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán. La versión que se presentó en el reciente Festival de Cartagena tiene elementos nuevos, pero no cambia en su enfoque narrativo. El documental conmueve e indigna, pero no es “un trabajo de autor” o “una narración inteligente”, como lo afirma en el artículo el periodista Juan Camilo Maldonado. Retratos se sostiene en la fuerza de los hechos y los personajes y en su potencia como testimonio, pero olvida que el documental también es un lenguaje: no sólo debe decir cosas, sino decirlas bien. La recomendación de ajustes que hizo Javier Osuna, director del Archivo de Bogotá —entidad que comisionó el trabajo—, sería entendible no como un caso de censura sino como la búsqueda de ir más allá de lo urgente de la denuncia.

El trabajo de dirección de Cardona fue torpe y descuidado, y reduce lo que cuenta a su nivel de lectura más epidérmico y emocional. Y el público, por supuesto, llora. Pero no necesitamos llorar por lo que pasó. Ni simplemente reconocer a los victimarios en los distintos niveles de la cadena de mando. Ya hubo o habrá tiempo para eso. Necesitamos que los documentales y las ficciones nos ayuden a entender por qué el Estado, al que le entregamos el control de la vida, promueve la muerte; o por qué gente como cualquiera de nosotros —soldados del Ejército colombiano— pudo ser operaria del mal más absoluto. No ser simplemente “tocados” por un documental bienintencionado que nos hace sentir solidarios por un momento, mientras al segundo siguiente nos vamos de rumba a los bares de Cartagena.

 

* Pedro Adrián Zuluaga, Crítico de cine y profesor universitario

 

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