Retroceso económico y colapso de la salud

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En mi experiencia nunca había viso desaciertos tan grandes en personajes tan eminentes. Primero, se dijo que estábamos ante un virus en que cada persona contagia a tres, lo que equivale a un crecimiento diario de 30 %. Lo grave es que el desacierto se agravó con el indicador del virus construido con encuestas que contradicen la patología de las epidemias del último siglo que muestran que el índice de contagiados se dispara en un principio, luego continúa aumentando a tasas decrecientes hasta llegar a un nivel máximo, y finalmente desciende. En términos gráficos se puede representar en una curva que sube y baja. Se configura en el papel un virus que crece a un ritmo exponencial creciente.

En la columna antepasada se señaló que la experiencia colombiana y mundial había validado la curva epidemiológica inventada y elaborada durante un siglo. En la columna de la semana pasada se reitera que el proceso va bien y la necesidad de fortalecerlo con una acción hospitalaria para separar a los portadores de virus. Así mismo, advierto que la cuarentena es un juego de riesgo porque afecta en forma incierta el crecimiento del virus y tiene enormes costos económicos. Así ocurrió.

La medida de cuarentena tuvo un efecto menor que el previsto por el Gobierno para justificarla, pero algo avanzó en la curva epidemiológica. El impacto sobre el contagio se enrareció por el indicador y también por el cuello de botella de los hospitales que impide la rápida evolución de los rehabilitados. Si las dos deficiencias se corrigen, en menos de un mes se podría llegar al punto de quiebre de la curva, en el cual los contaminados disminuyen con respecto al día anterior. La curva se estabilizaría e incluso bajaría.

La extensión de la confinación vendría a acentuar las enormes deficiencias de la economía provenientes de la globalización, y en particular del déficit en cuenta corriente y la autonomía del banco central. De entrada, ampliaría del déficit en cuenta corriente que viene de cinco años atrás y ahora se ve acentuado por el desplome de los precios del petróleo. La economía quedaría expuesta a un círculo vicioso de déficit en cuenta corriente y déficit fiscal que contraería la producción y el empleo, a tiempo que dispararía la devaluación y el endeudamiento.

No se trata de ninguna forma de priorizar la economía sobre la vida y salud de los colombianos. La postergación del encerramiento en las condiciones actuales no contribuiría a reducir en forma considerable la tendencia del contagio, y en cambio, provocaría daños en la economía que se prolongarían por cinco a diez años. No hay razón para que los dos propósitos no se alcancen al mismo tiempo.

El debate actual gira en torno a diagnósticos equivocados. La economía está bien y resiste cualquier daño. El virus es incontrolable y puede contaminar a la mitad de la población. La realidad es al revés. La economía se encuentra en un estado de inviabilidad que se refleja en varios años de estancamiento, déficit en cuenta corriente de más de 5 % del PIB, contracción del empleo y devaluación creciente. La contaminación del virus es mucho menor que en Europa y Estados Unidos, los verdaderos gestores de la epidemia.

En el contexto descrito se plantea continuar con la acción de reducir el contagio mediante la acción hospitalaria para separar a los portadores; cualquier esfuerzo en esta dirección se justifica plenamente. Por su parte, el deterioro de la economía se origina en serias deficiencias estructurales ocasionadas por el monumental error de diagnóstico de la globalización. La alternativa no es otra que modificar el modelo imperante en sus diferentes ángulos, y es posible hacerlo dentro de los lineamientos planteados en el libro Teorías de crecimiento y distribución del ingreso para una nueva era.

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