Inicia el ciclo del nuevo Congreso de la República

hace 14 mins
Por: Armando Montenegro

Revaluación

COMO ERA DE ESPERAR, LA REVAluación se acentuó con las muertes de Reyes y Tirofijo (la seguridad trae dólares).

Pero el asunto de fondo es que desde hace años se sabe que el problema cambiario se solucionaría si el país tuviera un sólido superávit fiscal.

 La revaluación y el déficit fiscal son mayores en Colombia que en los demás países de América Latina. El gasto ha seguido su marcha desbocada, y el precio del dólar cada vez menor: primero rompió la barrera de los $2.000; luego la de $1.800; y ya comenzó la búsqueda de los $1.600.

Un sólido superávit fiscal, del tamaño de dos o tres puntos del PIB, permitiría abrir un espacio macroeconómico suficiente para acomodar, sin que produjera daños, el boom de inversión privada, nacional y extranjera, que goza el país en la actualidad.

De lo contrario, cuando al fuerte gasto del sector privado se suma el del público, se produce una excesiva presión por recursos escasos: aumenta la entrada de dólares y se eleva la demanda de bienes no transables. La revaluación se recrudece.

También se sabe que la revaluación se amortiguaría si se redujeran los aranceles, sobre todo los de los bienes de consumo y los intermedios. Pero se hace lo contrario: se aumenta la protección, sobre todo la de bienes agrícolas, y así se acentúa la apreciación.

 Una cierta visión práctica predica que no se puede hacer nada de lo que se debe hacer, sobre todo en materia fiscal. Dice que el país tiene muchas necesidades que se satisfacen por medio del gasto. Se añade que Colombia ya entró a un período


electoral y que ésta no es época de ajustes. Otros sostienen que el Presidente ya está en campaña y que allí cada cheque, cada apretón de manos, cada subsidio cuenta. Si acaso, concluyen, el gasto va a seguir subiendo en los próximos años.

Y como no se ataca la raíz del problema, como no existe una visión macroeconómica, todos los días aparecen fórmulas extrañas, algunas descabelladas.

Los más insensatos sugieren que se ponga un tope inferior a la tasa de cambio, con la idea de que el Banco de la República emita hasta el infinito, cueste lo que cueste, comprando todos los dólares que el mercado le venda a la tasa fija (según ellos, la inflación no importa); otros insisten en que se combata la inversión extranjera, supuestamente la causa del problema, a punta de controles y de inestabilidad de las reglas del juego (algo de esto ya se está haciendo, a las patadas); que se reintroduzca el control de cambios para regular y restringir las operaciones privadas de divisas. El denominador común de estas ideas es detener la inversión privada, sobre todo la extranjera, para que el Gobierno pueda seguir gastando.

 Ante la carencia de una orientación general, en medio de políticas dispersas y contradictorias, lo que seguramente va a seguir pasando es que habrá más revaluación; la inflación no bajará o bajará lentamente; el déficit fiscal seguirá en aumento y, mientras dure el impulso internacional, el crecimiento económico seguirá siendo dinámico, aunque no tanto como antes.

 En un ambiente tan confuso, la responsabilidad de mantener la cordura ha recaído hasta ahora en la Junta del Banco de la República, que ha impedido los disparates. El problema es que en unos pocos meses el Gobierno podrá nombrar nuevos directores de este organismo.

Y existe el riesgo de que ellos se recluten, no entre los técnicos con buena preparación en economía, sino entre los personajes aficionados, voluntaristas, proclives a soluciones extrañas. Si esto ocurre, la economía del país, ya de bajada, podría quedar sin frenos.

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