Por: Eduardo Sarmiento

Revaluación destructiva

A finales de 2010 el Banco de la República anunció la compra de US$400 millones mensuales para mantener el tipo de cambio.

En un principio la medida funcionó y el tipo de cambio se devaluó, pero una vez llegó a $2.000, los especuladores precipitaron su desplome a menos de $1.800. Se repitió la historia.

Luego de ocho años de fracasos no se ha entendido que mientras los especuladores adviertan que las autoridades monetarias no están dispuestas a comprar la totalidad de las divisas para mantener la escasez del mercado, apostarán a que el Banco aflojará en un momento y en consecuencia procederán a vender divisas precipitando su caída. Así, en los últimos cuatro meses adquirieron dólares entre $1.800 y $1.900 y los vendieron entre $1.900 y $2.000.

La revaluación le está propinando un daño irreversible a la economía. Las importaciones crecen cinco veces más que el consumo y el abaratamiento de los productos foráneos desplaza la mano de obra al desempleo y a la informalidad. No existe espacio para el trabajo y el valor agregado nacional. El empleo crece 1% y el consumo de energía cae.

A diario se acrecientan la vulnerabilidad externa y los síntomas de enfermedad holandesa. El déficit en cuenta corriente asciende a 4% del PIB y si se le sustrae el aumento de los precios de los minerales, se duplicaría. En suma, la economía carece de los fundamentos para avanzar muy por encima del modesto 4% de la década.

No es fácil entender en las condiciones actuales de revaluación la petición de los gremios de bajar más los aranceles de las materias primas y bienes de capital no elaborados en el país. A la larga acentuaría el desarrollo industrial fundamentado en el ensamble de bienes finales que enfrentan limitaciones de demanda por tratarse de la parte más elemental del proceso productivo. Tal como ocurrió en la última década, se achicaría la participación del sector en el PIB.

La principal limitación para levantar el tipo de cambio es la concepción monetaria dominante. En las descripciones más básicas se muestra que no es posible mantener el control monetario y la regulación de tipo de cambio. A menos que la autoridad monetaria adopte un tipo de cambio y anuncie que comprará todas las divisas a ese precio, la intervención está condenada a ser neutralizada por los especuladores.

Por lo demás, se requiere una consistencia fiscal. Las tasas de interés de los TES, que en la actualidad están en 8,5% y constituyen un estímulo infinito para traer dólares, deben reducirse a menos de la mitad mediante la compra de los títulos por parte del Emisor.

Para completar, habría que eliminar el método de inflación objetivo y reemplazarlo por un manejo monetario selectivo, más basado en indicadores de producción. Una parte de la expansión monetaria se esterilizaría, sin mayor dificultad, con depósitos a las entradas de capitales y las importaciones y encajes a los títulos de ahorro. La otra parte sería absorbida por el sistema. Dados el abultado déficit en cuenta corriente y el elevado desempleo y subempleo, es difícil que las alzas provenientes del exterior se extiendan a los precios al consumidor. Así las cosas, la regulación cambiaria se garantizaría sin mayor efecto inflacionario.

La solución verdadera a la revaluación es el cambio drástico de las concepciones y prioridades del Banco de la República. El dilema no es de poca monta. El país se encuentra entre dejar que la revaluación continúe devastando la industria, la agricultura y el empleo formal, y sustituir la prioridad del control monetario por la estabilidad cambiaria. Esta opción significa, ni más ni menos, reconocer el fracaso de la teoría monetaria dominante que justificó el actual Banco de la República y abandonar sus componentes centrales, el cambio flotante y la inflación objetivo.

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