Por: Rafael Orduz

Revolcones de ultraconservadores

No se necesitan las guerras para que se acaben de desmoronar los imperios. Justamente es el espectáculo que líderes como Boris Johnson, el primer ministro del Reino Unido, le ofrecen al mundo en estos años.

Increíble que sean dirigentes conservadores, los supuestos amantes de las cosas como están, quienes estén contribuyendo al revolcón territorial de sus respectivas patrias, en detrimento propio, por supuesto, y a la minimización de su importancia geopolítica.

Al iniciarse la Segunda Guerra Mundial existía un inmenso Imperio británico que contaba con el 25 % de la población mundial y unos 33 millones de kilómetros cuadrados de territorio. Los movimientos de independencia, particularmente después de la Segunda Guerra, desgajaron el imperio, que se convirtió, hoy, en un reino de 67,5 millones de habitantes que moran en 242.000 kilómetros cuadrados, algo más de una quinta parte del territorio colombiano. Al comenzar el siglo XXI, el reino era la quinta economía del planeta. No obstante el descenso, una potencia de primer orden, centro financiero determinante en el mundo. Lo quieren derribar los amigos del statu quo, qué paradoja.

Pues bien: entre dirigentes ultraconservadores de la talla de Nigel Farage, creador del partido del brexit, y de Boris Johnson, es posible que veamos cómo se disminuye el ingreso bruto del Reino Unido debido a la salida de la Unión Europea sin plan B y cómo, en los próximos años, con alta probabilidad, se reducirán su área y su población. Comenzando por la probable salida de Escocia, que tiene la tercera parte del territorio, que votó sí a la independencia con 44 % de los votos en el 2014 y que, sin que conozcamos la fecha, se prepara para nuevas votaciones. Y no tenemos idea de lo que ocurra con Irlanda del Norte a partir del 1º de noviembre cuando se produzca la salida de la Unión.

¿Y Trump? Ningún enemigo de los Estados Unidos lo hubiera podido hacer tan bien. Por supuesto, los EE. UU. son y serán por largo tiempo, por su tamaño y su riqueza, una potencia. Sin embargo, sin contraprestación alguna, Trump botó el liderazgo que tenía en Europa, su papel en la defensa del orden internacional. Su desprecio por líderes como Angela Merkel y su aprecio por Bolsonaro, Duterte y el déspota de Corea del Norte han minimizado el protagonismo de los EE. UU. como guardián de las democracias capitalistas. Y ni que decir de la estupidez de negar el cambio climático a cambio del respaldo de las obsoletas industrias del carbón y de todas aquellas que, por un tiempo, pueden hacer caso omiso de las energías limpias. Detrás de unos votos de trabajadores blancos desplazados por el cambio tecnológico, descuidados por el poder, puede ganar las elecciones del 2020 y sacrificar el papel estratégico de los EE. UU.

Es lo sorprendente: que conservadores extremos, con pobres plataformas políticas, ignorantes en países con las mejores universidades, dividiendo, cosechan lo que siembran: empequeñecer sus naciones. Les funcionan las recetas del miedo, la estigmatización de los inmigrantes en el corto plazo. En el largo, sin embargo, destruyen.

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2019-09-17T00:00:29-05:00

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2019-09-17T00:15:01-05:00

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