Paro nacional: balance de la primera movilización de 2020

hace 1 hora
Por: Oscar Guardiola-Rivera

Revolución construcción

Volver al mismo sitio. Cambiar para que nada cambie. O dar la vuelta en una dirección diferente. Un nuevo comienzo. ¿Es esto una revolución? La política aborrece definiciones maniqueas. Dylan y otros como el, jóvenes y menos jóvenes, hombre y mujeres, salieron a las calles de las ciudades de América para salvar lo que guardamos cerca del corazón quienes en el presente nos rehusamos a aceptar la lógica del presente, la lógica que nos roba. Toda protesta tiene lugar alrededor de una promesa hoy ausente.

Y la acompaña un sentimiento de esperanza: que ese futuro pueda realizarse. Pero no protestamos en primer lugar por ese futuro. Protestamos, saliendo a las calles, golpeando cacerolas, encadenando los brazos, gritando, cantando, bailando, en plantones y barricadas, porque no hacerlo sería insoportable. Sería aceptar que hemos sido reducidos a cero, la no importancia, el orden secundario de las cosas disponibles. Protestamos para salvar el presente y salvarnos. Para intensificar nuestro valor hoy sin importar lo que venga. Quienes protestan asumen un riesgo muy diferente al que caracteriza nuestras sociedades espectaculares.

En éstas todo ha sido degradado a su valor de exposición. O mejor, su valor de disposición. Cuando nuestras sociedades reducen el ser al tener y el tener al aparecer lo hacen en la perspectiva de poder calcular el momento de esa aparición y apostar a favor o en contra. De otra manera, cuando la importancia de las personas y las cosas se degrada hasta convertirlas en mero valor de aparición, imagen de la imagen, lo que se juega en verdad es su disponibilidad. Pues el valor o precio al que yo he apostado en el futuro depende de que otros valores, personas y cosas desaparezcan. Nuestras sociedades espectaculares son en tal sentido sacrificiales.

Sacrificamos personas y cosas en los altares del dios que los antiguos llamaban Mamón. Por sus favores y su gracias. Hemos convertido a los dioses antiguos, incluido el mesías que enfrentó del lado de los pobres a un imperio, en su opuesto. En su nombre prohibimos los demás dioses antiguos, los Amerindios y otros. Los declaramos paganos, meros fetiches. Y sacrificamos a jóvenes como Dilan. ¿Para qué? Para obtener dinero suficiente con el cual poder evitar las prohibiciones que la moral ha impuesto sobre el deseo. He allí la raíz de la corrupción generalizada.

Pues el gran dinero, se sabe, ofrece al deseo oportunidades tales que le permiten hacer a un lado las prohibiciones que los especuladores imponen sobre el resto y la mayoría. Y cuando ésta estalla en contra de la doble carga de culpa moral y dinero escaso, trabajo precario, servicios universales sacrificados en favor de los especuladores, entonces los primeros se preguntan: ¿a raíz de que? Vaya hipocresía. A quienes están en las calles les han robado todo. Inclusive el miedo. Por ello asumen un riesgo absoluto.   

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2019-11-26T22:00:00-05:00

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