Por: Reinaldo Spitaletta

Reyecito de España…

En Los santos inocentes, perturbadora novela de Miguel Delibes, hay un “ajuste de cuentas” de parte de un retrasado mental, Azarías, que cuelga de una encina al señorito Iván, quien antes había matado a la milana (en rigor, una grajeta) del hombre que vivía casi que exclusivamente para adorar las aves y contemplar con ternura a su hermana anormal, la Charito. Algo así pudiera pasarle al rey de España, cazador empedernido y que aprovecha los safaris para irse de romance con una princesa alemana.

Lo del affaire con la germánica, vaya y venga, que cada cual puede hacer de su falda un sayo. Pero la caza de elefantes y búfalos, sí que ha despertado las iras de los protectores de animales, los cuales gozarían, por ejemplo, si vieran al reyecito perseguido por búfalos, leones y tigres, para que, según dicen, aprenda a respetar en estos tiempos de desgracias para el planeta, la fauna exótica africana.

Lo que sorprende en estos tiempos es que todavía haya reyes, reyezuelos, reinas y toda una galería de altezas reales, en esa Europa que fue cuna de la democracia, de la revolución francesa, de los más resonantes movimientos antimonárquicos, y que a muchos les guste todavía referirse a esa ínfima minoría como sus majestades reales. Digamos que, volviendo a Juan Carlos de Borbón, el episodio de la cacería resonó por la cirugía que hubo de practicársele tras la caída que sufrió durante un safari en Botsuana y no por “haber dado de baja” a unos animales.

Aficionado a la cinegética, el reyecito español, que como diría el escritor Fernando Vallejo, cree haber nacido de vagina de oro, se fue de carnavales, o mejor, de safari, al África y volvió con la cabeza del fémur averiada y en medio de un escándalo no por haber eliminado elefantes y búfalos, sino por asuntos de tapete rojo para la princesa  Corinna Zu Sayn-Wittgenstein, empresaria y organizadora de safaris, que acompañaba al monarca en Botsuana.

En octubre de 2004, el reyezuelo protagonizó otra aventura de caza en Rumania, en la región de Covasna, junto a los Cárpatos. Lástima que Drácula no lo hubiese espantado o mordido (se dirá que el conde de Transilvania no tiene tan mal gusto). El cuento fue que a punta de escopeta mató a nueve osos, una osa gestante y un lobo, además de dejar heridos a otros animales, faena que celebró con whisky y con un aguardiente de ciruela propio de los lugareños.

El rey, gran cazador y parece que hasta buen conquistador de princesitas, ha estado rodeado de corruptos. Por ejemplo, su yerno el duque de Palma Iñaki Urdangarin fue involucrado en un escándalo por apoderarse, según una fiscal, de fondos públicos mediante facturas falsas. Aparte de sus conexiones y relaciones con corruptos,  parte del pueblo español se opone a sus majestades: “Los reyes y la familia real son una lacra y pesada carga para el pueblo español. Estos reyes fabricados e instalados en el palacio por el criminal dictador Franco, son inservibles. Inútiles, una decoración de la época de la edad media que el pueblo con su pobreza tiene que pagar”, decía un columnista del El Diario Internacional.com, en diciembre de 2011.

El monarca, que goza de todos los privilegios en su país, se cree una maravilla de cazador porque una vez, invitado por Putin, en Rusia mató de un escopetazo a un oso que previamente habían emborrachado con vodka. No falta quien pregunte ¿por qué España sostiene todavía a una familia real, en momentos en que ese país atraviesa por una de sus peores crisis? ¿Qué clase de mentalidad es la que allí sobrevive al mantener unos parásitos como los de la realeza?

Y volviendo a la estupenda novela de Delibes, es probable que algún día a Juan Carlos I le salga un Azarías que lo cuelgue de algún árbol. Ah, y mientras tanto, ojalá el Borboncito tenga pesadillas con osos y elefantes que llegan del más allá a mortificarle sus sueños. El reyecito de España –como las ratas- lo que no se come, lo daña.

 

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