Por: Pascual Gaviria

Rezar sobre mojado

PARA QUIENES MIRAMOS LA SEmana Santa desde la orilla de la curiosidad pagana el fervor será siempre un misterio.

Nunca es fácil reconocer a los actores de la fe y a quienes de verdad están poseídos —perdón por la palabreja— por una creencia y por un ánima. Durante el Domingo de Ramos, en una de las procesiones que convierten a la ciudad en una colección de pueblos pintorescos, un niño de unos 8 años gritaba frente al redentor tambaleante en su burro de utilería: “Jesús te amo, Jesús te amo”. Uno creería que Jesús, el Salvador, es una figura apropiada para resolver los imposibles interrogantes que se enfrentan en la infancia. Un comodín que se adquiere a cambio de una certeza.

Sin embargo, el asunto no es tan sencillo. Durante la Semana Santa el papa Benedicto XVI accedió a presentarse como entrevistado en un programa de la RAI, la televisión pública italiana. Ratzinger, que al comienzo parecía un Papa para el claustro, ha salido del cascarón y ahora tiene más presencia en los medios que el mismo Wojtyla en sus mejores tiempos. Llegaron más de 3.000 preguntas y se eligieron siete. Durante hora y media el vicario de Cristo en la Tierra intentó responder por fuera de una teología intrincada, a la catequesis de una poética sencilla. “¿Por qué los inocentes siguen sufriendo?”, le preguntó una niña de 7 años que vive en Japón. “Eso mismo me pregunto yo —contestó Benedicto XVI—, pero sólo te puedo decir que algún día entenderemos que hasta el sufrimiento que nos parece injusto es parte del diseño de Dios para nosotros”. La niña no tuvo más que aceptar con resignación. Pero su cara era muy distinta a la del pequeño extasiado que vi cerca de la iglesia del barrio Campo Valdés, en Medellín. El comodín sólo dejaba nuevas dudas: unas terrenas y otras celestiales.

Durante sus sermones en la Basílica de San Pedro el Papa se dolió por la indiferencia del mundo ante Cristo: “¿Sentimos en nuestro interior el impulso de ir a su encuentro?… ¿O somos, más bien, indiferentes, distraídos, ocupados totalmente en otras cosas?”. Según Benedicto XVI los hombres no quieren aceptar a Dios y a Cristo tal y como son, y no como nos gustaría que fuesen. La niña de Japón debe aceptar los misterios del sufrimiento… y los de la radiactividad, añade el cínico. También hubo, como es de rigor, una condena al egoísmo.

Pero como la realidad no castiga ni con palo ni con rejo, el Vaticano debió soportar durante el fin de semana de sus apoteosis, el Vía Crucis de una montonera de gitanos. Ahora es el mundo diciéndole al Papa que debe aceptarlo tal y como es. Los gitanos llegaron hasta los alrededores de San Pedro huyendo de las redadas del alcalde de Roma. El sábado se les impidió el acceso a la Basílica por la guardia vaticana, que parece disfrazada pero también cumple funciones terrenas. Luego evacuaron a algunos y al final la caridad cristiana les ofreció 500 euros si tomaban un tren hasta Rumania. El alcalde de Roma puso 500 más sobre la mesa.

Luego de esa colección de estampas de Semana Santa intenté sacar algunas lecciones preliminares. Parece que sólo el fervor —esa especie de inspiración temeraria— es posible. Ni el mundo tiene respuesta para los jerarcas de la Iglesia, tanto que se empeña en hacer imposible el cumplimiento de los sermones; ni Dios logra explicar a su rebaño las injusticias renovadas. Sólo el niño fervoroso, que tal vez sólo mentía para ganar un tiquete al cine al día siguiente, logró que su reino fuera de este mundo.

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