Por: Andrés Hoyos

To RIP or not to RIP

NO HAY ESCAPATORIA: SEGÚN LOS gurús, nos espera un indigno RIP electrónico.

Viajé a Estados Unidos en Semana Santa y pude leer allí la edición impresa del New York Times durante varios días. Y debo ser un lector muy ingenuo, pero no noté moribundo al venerable diario de Manhattan, como dicen que está. Hay ahora un anuncio en primera página, pero si eso sirve para pagarles a los cronistas y los corresponsales extranjeros, me lo trago. Asimismo, a quien quiera comprar la edición dominical en un aeropuerto le sacan cinco dólares por un paquete mucho más liviano que el de antes, mientras que la holding del periódico tuvo que vender, con opción de recompra, las emblemáticas oficinas de la Octava Avenida. Signos de austeridad, no de agonía.

O quizás sea que el NYT ha preferido morir despacio y con elegancia, lo que se le abona, pues la crónica dominical de primera página que leí sobre el robo de niños en China me pareció tan estremecedora como completa y exacta. Me reveló un detalle que desconocía: dado que las mujeres se mudan con las familias de los maridos, los chinos, a falta de la seguridad social que el Estado les niega, necesitan un hijo hombre para poder envejecer en paz. Había también un completísimo análisis de la remuneración corporativa, tema crucial en estos tiempos de crisis. Para los forofos del último gadget, la revista traía un malévolo texto denominado: “Odio mi iPhone”. Son elementos sonsacados entre muchísimos más, pues cada edición dominical es un complejo microcosmos.

Me dirán que el Book Review sigue ejerciendo de distante y cómodo segundo violín frente al New York Review of Books, sólo que eso no es nuevo: sucede desde 1963, cuando el famoso hebdomadario surgió de una larga huelga de los trabajadores de los periódicos. El papel de la carátula de la revista dominical se rompe con facilidad. ¿Muy grave? Adentro venía, sin embargo, una larguísima crónica de James Traub sobre Pakistán, país clave en el endiablado rompecabezas del Medio Oriente. Lástima, los amigos del NYT también se comieron el cuento de que el Raúl Alfonsín, hombre pusilánime con cara de abuelito bonachón, fue un prócer de la democracia. Con todo, me compensaron con las columnas de Frank Rich y Maureen Dowd, dos grandes maestros en el difícil arte de bailar tango en una baldosa, y con una interesante revisión de los resortes íntimos de In Treatment, la serie de televisión sobre el terapeuta Paul Weston y sus escalofriantes pacientes.

Yo recibo en mi mail el newsletter del NYT y entro a diario en su página web, según lo cual soy uno de los millones de lectores que el periódico tiene en la red. Puedo decir entonces, con conocimiento de causa, que la lectura en pantalla, incluso la lectura de los pantallazos impresos y cosidos, dista mucho de ofrecer la profundidad de la edición tradicional. Para mí, el papel tiene un peso metafísico del que carecen los adminículos electrónicos. Soy, en esto, orgullosamente anticuado.

El problema que enfrentan los periódicos es real y consiste en que pese a que tienen millones de lectores cibernéticos como yo, aún no encuentran la manera de que alguien les pague por alimentarnos. ¿Qué tal una suscripción colectiva, prorrateada al menos en parte por la cantidad de visitantes certificados? Sería cómodo y justo. En fin, algo inventarán, porque la alternativa no es nada más un RIP digital: es la banalidad mental y moral colectivas.

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