Por: Sorayda Peguero

Riqueza extrema

El niño se acerca con un cubo de agua marrón y una esponja mojada que lanza contra el parabrisas. El taxista, que tiene más canas de las que uno puede esperar en un hombre de su porte, le dice que no continúe, pero el niño hace como si no lo escuchara. Sigue limpiando el cristal. “Son una caterva de vagos —dice el conductor—. ¿Por qué no se van a trabajar a un taller mecánico, o a un mercado?”. Veo el perfil derecho de su cara desde el asiento trasero del taxi. Está frunciendo el ceño como si algo le oliera mal. Su enfado me parece excesivo. Son las cuatro de la tarde. Estoy en Santo Domingo, en República Dominicana, donde nací. Pero podría estar en México, Paraguay, Colombia, el Salvador o Bolivia, donde la desigualdad acecha por todos lados como una sangrante y espantosa cabeza de medusa.

Según un informe presentado por Oxfam en enero de 2017, ocho hombres del mundo poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de toda la humanidad: 3.600 millones de personas. El informe dice que el crecimiento económico solo está beneficiando a los que más tienen y propone algunas alternativas: “Gobiernos que apuesten por una visión de futuro y respondan ante su ciudadanía primero, grandes empresas que antepongan los intereses de trabajadores y productores, un crecimiento dentro de los límites del planeta, el respeto a los derechos de las mujeres, y que el sistema fiscal sea justo y progresivo”. En resumen: una economía más humana.

Hay una expresión que usamos en República Dominicana —y en varios países latinoamericanos— cuando asumimos que hay cosas que están por encima de nuestras posibilidades económicas: “tengo que arroparme hasta donde me llegue la sábana”. En la escena de la economía mundial, la riqueza es una sábana que arrastran unos pocos y que está dejando a demasiada gente en cueros. La pobreza es un daño “colateral” sin mayor importancia para los más poderosos. Y no solo para ellos.

Nos estamos acostumbrando a la injusticia social. Sus manifestaciones cotidianas nos parecen normales y hasta buscamos excusas para justificar su existencia, quizás para descargarnos de toda responsabilidad. Aquí, en esta media isla, donde cientos de niños limpian cristales y zapatos en las calles, un funcionario público no necesita más de cuatro años —lo que dura un período de gobierno— para ir metiendo la mano en el presupuesto del Estado y acumular una fortuna millonaria. Los beneficios de estar en el poder son infinitos, extraordinarios, casi mágicos.

Le pregunto al taxista si conoce al niño que limpió su parabrisas; me dice que no. No conoce su historia, no sabe si ha tenido una mínima posibilidad de elegir mejor suerte y, sin embargo, lo juzga sin remilgos. Que por qué no se va a trabajar a un taller o a un mercado, dice. Si no viviera en un país gestionado por varios delincuentes, un niño de su edad —no aparenta más de diez años— ni siquiera estaría trabajando. Los recursos de la estupidez humana son ilimitados. Hay quien piensa que el problema de los pobres, incluso si son niños, es su falta de voluntad para liberarse de la condena que más les pesa.

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