Por: Juan Carlos Botero

Riqueza y pobreza en el arte contemporáneo

Es una barbaridad: durante la pasada subasta de arte contemporáneo, en la famosa casa de remates de Christie’s en Nueva York, se vendió un hermoso tríptico de Francis Bacon pintado en 1969, Tres estudios de Lucien Freud, en más de 142 millones de dólares, el precio más alto pagado por una obra de arte en subasta.

 No es el récord por la venta de un cuadro, desde luego. Aunque parezca increíble, hay por lo menos seis obras que, ajustado el valor a la inflación, superan ese monto, incluyendo el cuadro más costoso vendido en privado, Jugadores de cartas, de Paul Cézanne, pintado en 1893, el cual superó los 259 millones de dólares en el año 2011.

¿Vale la pena soñar con lo que se podría hacer con ese dinero si se invirtiera en obras sociales? El sólo valor que se pagó por el Bacon, para poner la cifra en perspectiva, es mayor que todo el dinero que recibirá este año el Fondo Nacional de Apoyo a las Artes en Estados Unidos. ¿Cuántas escuelas se podrían fundar con ese dinero en Pakistán? ¿Cuántos niños se podrían alimentar en el Chocó? ¿Cuánta gente se podría socorrer después del reciente y devastador tifón en Filipinas? Sheikha Al-Mayassa, hermana del emir de Catar, compró la obra, al igual que otras de las más costosas vendidas en estos años, entre ellas la famosa pintura de Cézanne.

No obstante, la cifra del Bacon no es lo único sorprendente. A fin de cuentas la gente hace con su dinero lo que desea, y el tríptico del inglés, así como el Cézanne, La Rêve de Picasso y El grito de Munch, que también batieron récords en su momento, son cuadros importantes y cualquier museo los expondría con orgullo para deleite del público. Lo que más me llamó la atención de esa subasta son los precios que se pagan por obras que en cambio son una farsa y constituyen un insulto a la inteligencia.

Me refiero, por ejemplo, a la fotografía de Richard Prince, Sin título (vaquero), que se vendió por más de un millón de dólares. ¿Es más ofensivo el caso de Prince que el de Bacon, aun si el primero se vendió por una fracción del segundo? Si el precio del Bacon es excesivo, al menos es por una obra original y única, de una gran belleza y fuerza expresiva, y el tema es su famoso amigo y rival, Lucian Freud. Pero Prince ha hecho una fortuna haciendo fotos como ésta, y son un descaro, porque lo que hace este “artista de apropiación” es tomar una fotografía de otra que ya existe, un anuncio de cigarrillos Marlboro, y la presenta como algo propio. Eso en cualquier otro campo se llamaría robo, y el autor sería acusado de plagio. Cuesta creer que por ese engaño y por esa trampa alguien esté dispuesto a pagar tanto dinero.

Otro ejemplo inaudito en esa subasta fue el caso de Christopher Wool. Su “arte” consiste en poner, sobre un lienzo blanco, palabras o frases. Nada más. ¿Son acaso ideas geniales, o palabras desconocidas de Cristo, Einstein o Gandhi? No. Es una frase banal tomada de Apocalypse Now, y la obra lleva el mismo título de la película. ¿El precio? Más de 26 millones de dólares. Increíble que alguien gaste esa fortuna por semejante trivialidad tan efímera, y que después la tenga que colgar en su casa. En el arte contemporáneo quizás predomina la riqueza de los compradores, pero sobresale aún más la pobreza de las piezas que están para la venta.

 

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