Por: Álvaro Camacho Guizado

Rito Alejo y Garzón

La prensa del viernes ha informado acerca de un cable de la Embajada de los Estados Unidos en el que se refiere a conversaciones entre Jaime Garzón y los generales Mora y Del Río.

Narra cómo este último regañó fuertemente a Garzón por los esfuerzos del humorista para intentar algún tipo de diálogo con el Eln y por sus esfuerzos para lograr la liberación de algunos secuestrados de la guerrilla.

Aunque la información no es nueva, sí contribuye a apuntalar las hipótesis que se habían forjado desde el asesinato acerca de la participación de militares en el caso, en alianza con algunos paramilitares. El que los diplomáticos de Estados Unidos se refieran a esa participación, simplemente le da más fuerza a la convicción generalizada, y es de lamentar que no haya más cables en los que se denuncie la manera como fue conducida la investigación: el ocultamiento de algunas circuns tancias del crimen, las relaciones que el autor material pudo haber tenido.

Es posible pensar que el general Del Río no dio órdenes de que se cometiera el asesinato, pero sí parece quedar claro que más allá del regaño al humorista debió haber habido comentarios del general que suscitaran la conducta de los asesinos.

Que al general no le temblaba la mano para enfrentar por vías ilegales y violentas a la población de Urabá es tan sabido que inclusive ha sido acusado tanto por el coronel Carlos Alfonso Velásquez como por la justicia. Fue además investigado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, y aunque la Fiscalía de Colombia, en manos de Luis Camilo Osorio, lo exoneró, más tarde se reabrió el expediente que cursa actualmente.

El que un general de la República se vea inmerso en semejante embrollo no es algo sobrenatural. Pero que el expresidente Uribe, en compañía de Fernando Londoño y Plinio Apuleyo Mendoza, le haya hecho un homenaje, sí rebasa la capacidad de tolerancia frente a las complicidades de latos personajes con el delito violento. Máxime cuando debían saber que Mancuso y HH habían hecho públicas sus relaciones con el general y sus andanzas a la cabeza de la tristemente célebre Brigada XVII.

Pero si el general era bien conocido por sus ejecutorias en Urabá, no se había hecho público su regaño a Garzón. Era de esperarse, claro está, dadas sus orientaciones y su estilo: muy probablemente no sólo habló con Garzón, sino que aireó sus opiniones, lo que debió servir de acicate a sus obedientes seguidores. No se trata de una acusación, dejo claro, sino de la simple sospecha de que una indagación más seria que la del fiscal Osorio llevaría a elevar cargos por autoría mediata e intelectual del crimen de una persona que se atrevió a convertir el humor en un recurso de crítica mordaz, pero que en realidad era un ser que para los militares debería resultar inofensivo.

No me cabe duda de que esta afirmación no sería compartida por los autores del homenaje, para quienes Garzón resultaba una espina difícil de sacar.

Mala hora para la democracia colombiana no sólo que personajes de importancia nacional hagan homenajes a un general tan controvertido. Pero peor aún resulta que el oferente en el homenaje haya sido elegido presidente de la República y haya gobernado al país por ocho años.

 

 

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