Por: Tulio Elí Chinchilla

Rituales de ciudadanía

Tratar de justificar lógicamente la democracia defrauda a quien lo intenta.

Cualquier fundamentación conceptual de los procedimientos cuantitativos (mayoritarios-minoritarios) de decisión contiene un alto componente mítico, por lo que, al tomar prestado el ropaje de argumento racional, esconde algún fraude discursivo.

A una cultura la definen ciertos ritos esenciales que despliegan eficacia simbólica, entendida ésta no como apariencia engañosa sino —según Lévi-Strauss— como fuerza movilizadora de creencias grupales, más real que toda materialidad. La democracia se compone de un florilegio de ritos identificadores de nuestra cultura cívica, un insustituible ritual laico que opera como dispositivo pacificador: realizado de la forma más perfecta posible, eleva la probabilidad de que el relevo de las élites dirigentes se hará de manera incruenta.

Hace tres mil años algunos pueblos terminaron creyendo que la legitimidad para gobernar la otorgaba la investidura derivada de un determinado ritual. Desde el siglo VI a. C. los procedimientos democráticos (votar y contar votos) constituyen el único ceremonial que están dispuestos a aceptar para ser gobernados quienes se ven a sí mismos (no quiere decir que sean) como libres e iguales. El ritual eleccionario viene a ser el equivalente moderno de la ceremonia de unción, administrada por la casta religiosa para investir de autoridad a los reyes del Antiguo Testamento (hoy por ciudadanos rasos y la organización electoral).

Lo restante de la conceptuación democrática es retórica empalagosa o teología constitucional. Los análisis lógico-matemáticos sobre reglas de mayoría contenidos en el teorema de Arrow y la teoría de la Public Choice, así como las desmitificaciones a la doctrina democrática aportadas por el socialdemócrata Robert Dahl, demuestran que detrás de expresiones tales como “voluntad del pueblo”, “voluntad general” o “mayoría”, no existe ninguna entidad real sino construcciones ficticias útiles y operativas. Son fantasmas valiosos cuya sustancia surge de reglas numéricas bastante artificiosas (y caprichosas) de agregación de preferencias individuales. Y éstas son el producto de impulsos y manipulaciones sin cuento.

Que los métodos electorales seleccionen a los mejores es apenas un albur y una afirmación contraevidente en la mayoría de los casos. Que la mayoría es infalible para encontrar la opción justa, no pasa de ser quimera romántica de Rousseau. Concebir la democracia como una versión de justicia procesal pura —la perfección del proceso garantiza la validez inobjetable del resultado— sacraliza el poder absoluto (y por ende tiránico) de la mayoría. Ni siquiera la virtud de la buena competencia política —canonizada por Joseph Schumpeter como el equivalente del mercado— garantiza aquí escoger la mejor opción.

Aún así, el ritual de participación ciudadana posee eficacia simbólica valiosa, nos civiliza, posee la magia de hacernos pertenecientes a un sujeto colectivo, aunque éste poco exista como realidad. Por ello, no podemos sino creer en él. El propio Lévi-Strauss lo dijo: “El hechicero no es gran hechicero porque cura, sino que cura porque es un gran hechicero”.

 

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