Por: Julio César Londoño

Robledo y Ospina

El tema de las redes sociales esta semana fue la intención de voto de dos personajes de la vida pública, Jorge Enrique Robledo y William Ospina.

 A ambos se les criticó el hecho de que están asumiendo posiciones que van en contravía del clamor nacional por la paz. Jorge Enrique Robledo se mantiene en su decisión de abstenerse de votar porque no comparte el credo económico de las dos coscofias que disputarán la segunda vuelta. Ospina, en cambio, pareció inclinarse en su columna del domingo por la peor coscofia, es decir, por el títere del mayor genocida de nuestra infame historia (llámase coscofia a las sarnas que florecen en las pústulas).

Lo curioso del caso es que las declaraciones del senador y el poeta no sólo van en contravía de la paz y de lo que uno podría esperar de ellos, sino también en contravía de lo que ellos mismos piensan. Porque conozco a Ospina, sé que no es posible que considere a Zuluaga un mal menor. Porque conozco a Robledo, sé que prefiere un triunfo de Santos en la segunda vuelta. Entonces, ¿por qué dijeron lo que dijeron?

Robledo lo hizo porque ya está en campaña para las elecciones presidenciales de 2018. No se lanzó a estas porque su caudal era necesario para que el Polo alcanzara el umbral en las elecciones parlamentarias de marzo. Y porque le faltaron algunos amarres en el seno de la izquierda y en las regiones. Su cálculo es que el próximo presidente, el que sea, seguirá la tradición: gobernará con el pie izquierdo y él podrá decir: “Se lo dije, eran dos severas coscofias. Voten por mí”.

El bandazo de Ospina es más difícil de explicar. En su columna, afirma que Santos pertenece a una élite que lleva 200 años de trapisondas, y deduce que es menos malo apoyar a un señor cuya banda solo lleva unos treinta años de saqueo y masacres.

Pero se equivoca al pensar que Colombia sigue gobernada por esa “élite”. Ese poder se ha visto seriamente erosionado por tres revoluciones muy exitosas: la del narcotráfico, la parapolítica y la guerrillera. El triunfo del narcotráfico es evidente: quita y pone presidentes, hackeó el sistema inmune de la sociedad y en este momento goza de una envidiable invisibilidad gracias al ruido de los carteles mejicanos, al ruido de otros problemas nacionales y al bajo perfil de nuestros capos. La revolución paraca, por su lado, puede contar su éxito por decenas de curules, por millones de hectáreas o por millones de víctimas, tiene partido propio y su jefe es el principal líder político del país. El éxito de la guerrilla puede medirse en el hecho de que ha enterrado a quince presidentes y a cientos de generales y que en este momento, en su peor momento militar, discute de tú a tú con el Gobierno la hoja de ruta del Estado.

Así las cosas, es ingenuo pensar que Colombia esté manejada hoy como hace treinta años.

Quizá ambos se equivocan, Robledo por un mal cálculo político y Ospina por un mal balance histórico. Pero en ambos casos es injusto el linchamiento mediático a que los han sometido. No podemos olvidar que estamos ante dos hombres que han dedicado su vida a reflexionar con lucidez y coraje sobre la realidad y la cultura nacionales. Desde el Senado, Robledo ha sido un crítico insobornable de nuestros gobernantes, y sus investigaciones son insumos invaluables para los analistas. La obra de Ospina, que abarca los géneros de la crítica literaria, el ensayo de humanidades, la poesía y la novela histórica en una prosa que ha sido admirada por Gabo y Vargas Llosa, entre otros fulanos, ha enriquecido de manera notable la vida cultural del país. Por esto es injusto ponerlos ahora en la picota como si se tratara de dos cowboys del Ubérrimo.

 

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