Por: Juan David Ochoa

Rockstar y Clichés

Cuando habla Vallejo, el Rockstar de la rabia liberada y sin ley, la metralla en ráfaga que dispara a todos y a nadie, los auditorios estallan en una histeria de aplausos y de gritos de aliviada complicidad.

 Se miran entre sí, entre la euforia y el escepticismo. No pueden creer que pueda decirse en público lo que la indignación de un país entristecido por la represión y los látigos de la fe ha querido gritar alguna vez con la catarsis del resentimiento. No pueden creer que todo lo sabido y consabido contra la corte de la lagartería cleptómana y la larga hilera presidencial sin resultados visibles, de repente pueda nombrarse así, con el desparpajo de las verdades evidentes. En términos sensatos, Vallejo resulta una figura merecida entre la burla estatal. Entre toda la represión, resultan refrescantes sus furias públicas y sus escupitajos contra las caras duras de los rostros sagrados del oficialismo, y es entendible, también, que los auditorios estallen en euforia de cuando en cuando, sintiendo la colectividad y el respaldo de sus furias íntimas, y que los que aparecen como espectadores primíparos de la apabullante realidad nacional lo idolatren y lo sientan cercano en el simbolismo de sus venganzas.

Pero hasta allí llega el Vallejo de la leyenda, la brillantez de su prosa en El Desbarrancadero y en Los días azules, entre ese río de su prosa hipnótica y su nihilismo circular redactado con la gracia de las hipérboles rítmicas, no alcanza a deslumbrar en los espacios públicos con sus ideas, porque ideas no hay. El personaje show de los aplausos que en sus obras top deslumbra con el sello locuaz de sus metáforas oscuras, reduce su talento a una perorata de clichés y obviedades cuando aparece en el mundo real al intentar interpretar el mundo y el país del caos. Es un pleonasmo y una redundancia entera decir que la historia de Colombia es una historia de sangre y de humillación, y que el cristianismo es una empresa de crímenes históricos, y que ese séquito de huéspedes de la Casa de Nariño es una historia de males asombrosos. Ninguna novedad dice Vallejo aunque en la histriónica lectura de sus diatribas parezca revelar misterios con la alternancia de sus adjetivos. Resultaba con gracia cuando en Colombia solo emitían las opiniones lerdas de Rubiano Saenz, los somníferos discursos de Belisario Betancur, o las paradas cómicas del vaquero Uribe con sus frases de ultramontano mesiánico. Pero el torbellino de un nihilismo sin tregua se lo ha venido tragando con el mismo ritmo de su bilis, porque la única opción que tiene el fatalismo total es el movimiento en un círculo de náuseas imposibilitadas al respiro, el fundamentalismo existencial solo permite el suicidio como única sensatez, pero lo posterga siempre como posterga su último libro mientras se traiciona y escribe un nuevo y predecible gemido sin reservas de chispa.

El personaje que quiso crear ha convertido su repertorio en un somnífero de bravuras esperadas, y el título de intelectual que le impusieron en la medida desesperada de equilibrarlo frente a interlocutores antagónicos no es exacto, si se entiende a un intelectual en la disposición permanente de reinventarse.

 

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