Por: Valentina Coccia

Rojo tierra

Nadia Murad llevaba una vida tranquila y apacible en una aldea de Sinjar, al norte de Irak. La aldea tenía el olor característico del barro, un aroma que perfumaba las narices al caminar. Los niños jugaban en las calles con pelotas de estambre. Los adultos se reunían en las puertas de las casas al atardecer para conversar sobre los hijos, los placeres del día o las desavenencias cotidianas que ocurrían en la aldea. Los habitantes sabían que al faltar la leche, el azúcar o el pan podían golpear la puerta de otros aldeanos, que en su prolífica generosidad iban a obsequiarles cestos de provisiones. Aun si eso significara quitarse la comida de la boca, en esos cestos abundantes habitaba el amor por la comunidad. El bramido del toro, el mugir de la vaca, el ligero trote de los perros era conocido en esta aldea yizadí, en la que pasear por la calle y saludar a los vecinos era la cúspide de la armonía. Sin embargo, de un momento para otro, y sin ninguna explicación aparente, la aldea de Nadia se vio cercada por los miembros del Estado Islámico. La disgregación de la población fue cuestión de algunos días: los hombres conocieron el terror del fusilamiento y los niños desaparecieron en las sombras del secuestro.  Las mujeres, una a una, como tierra conquistada, conocieron el rapto y la violación, convirtiéndose en las metáforas andantes de la sumisión a un poder superior, llámese Hombre, Dios o Estado Islámico.

Este año, el Premio Nobel de la Paz le fue concedido a Murad, que logrando escapar de su esclavitud se convirtió en una activista dispuesta a destruir el vínculo del cuerpo femenino con la guerra. Compartió el galardón con el médico congolés Denis Mukwege, médico obstetra que ayuda a las mujeres afectadas por la violencia en la guerra del Congo, conflicto que se ha extendido por más de 20 años. Me conmovió la asignación de este premio, pues finalmente la violencia contra la mujer en el conflicto bélico ha sido mundialmente reconocida y ha logrado tener visibilidad.

Durante siglos se ha tenido el prejuicio de que las mujeres hemos llevado una ventaja frente a los hombres en la guerra: nos dejan en casa, al lado de las pilas de ropa para lavar y encargadas del cuidado de los niños, protegidas de cierta forma contra el horror de tomar un rifle y enfrentar al “enemigo” cara a cara. Muchos han teorizado que la guerra incluso nos ha dado la oportunidad histórica de incursionar en la vida laboral: al estar los hombres en el frente las mujeres hemos tenido el espacio y la oportunidad para ingeniarnos la forma de deshacernos del hambre. Sin embargo, pocas veces se ha hablado de cómo durante el conflicto bélico las mujeres han sido tratadas como rehenes, como botín de guerra y como material de conquista.

Ya Simone de Beauvoir había hablado de esto en El segundo sexo: somos tierra, esa tierra que nutre, que da la vida pero que también reabsorbe al momento de morir. Esa tierra debe ser conquistada, acribillada y mutilada, controlada en sus más ínfimas mutaciones. De este modo seguiremos nutriéndonos de ella, pero nunca caeremos de nuevo en sus pozos profundos, que al engullirnos, nos llevan a los abismos del Hades. Durante la guerra esta metáfora de la tierra se hace patente en nosotras: nuestro vientre es utilizado por los invasores para procrear hijos que perpetúen su raza en nuestra tierra, combinando la conquista territorial con la conquista de la raza, de la sangre que corre por nuestras venas.

Margaret Atwood, en la introducción a su libro El cuento de la criada (que nos pone en perspectiva sobre el advenimiento de una sociedad teocrática), dice lo siguiente: “Sin mujeres capaces de dar a luz, la población humana se extinguiría. Por eso las violaciones masivas y el asesinato de mujeres, chicas y niñas ha sido una característica común de las guerras genocidas, o de cualquier acción destinada a someter y a explotar una población. Mata a sus hijos y pon en su lugar a los tuyos (…), obliga a las mujeres a tener hijos que luego no pueden permitirse criar, o hijos que luego les robarás para tus intereses personales; niños robados, un motivo cuyo uso generalizado se remonta a tiempos lejanos”.

Es decir que la conquista de nuestros cuerpos es el medio más ingenioso para reemplazar una identidad por otra. Hoy en día, la aldea de Nadia posiblemente es un territorio cercado, la sede de algún búnker o el refugio de algún harem. Sus habitantes ya no existen: la alegría en los rostros fue devastada, la tranquilidad de las calles fue usurpada; la comunidad fue reemplazada por un desierto, por una honda soledad. La tierra conquistada fue teñida de rojo, de rojo sangre, de rojo tierra. La antigua población ya no es la misma. Su identidad, coloreada de sangre nueva, les fue usurpada. Lo único que queda es una identidad asignada, una identidad como la de Defred, la protagonista de Atwood, cuyo nombre verdadero nunca llegamos a conocer.

A pesar de todo esto, el testimonio de Nadia Murad es un rezago de ese pasado tan querido, un vestigio que otorga libertad. Su relato construye memoria, y la memoria es ese relato del pasado que observa con los ojos del hoy lo que ya no está. En su proceso de alquimia la memoria transforma los hechos en algo lejano y, como decía Primo Levi, los utiliza para que estudiemos con rigurosa paciencia las desavenencias y extrañezas del alma humana.

@valentinacocci4

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