Por: Santiago Montenegro

“Roma”

Guillermo del Toro, Alejandro González Iñárritu, Beatrice de Alba, Emmanuel Lubezki y Alfonso Cuarón hacen parte de la más reciente generación de cineastas y creativos mexicanos que ha estremecido el cine mundial. Si se tienen en cuenta los dos premios Óscar que ganó Emile Kuri en los años 50 (por dirección de arte, con La heredera y Veinte mil leguas de viaje submarino), son 26 estatuillas las que han obtenido los cineastas y creativos mexicanos de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas. Y este número va a subir, sin duda, con los premios que obtendrá Alfonso Cuarón por Roma.

Mucho se ha escrito ya sobre esta película, razón por la cual solo quiero hacer una consideración histórica que, creo, ha pasado desapercibida. Como se ha enfatizado, el centro de la trama es la relación entre una empleada doméstica, Cleo (Yalitza Aparicio), y una familia de clase media alta, que vive en una casa situada en la colonia Roma, un barrio fundado durante el porfiriato, a comienzos del siglo XX, con construcciones modernas, calles pavimentadas, agua corriente, luz eléctrica y otros servicios públicos. Pero Cuarón también muestra la ciudad periférica, la de millones de personas que viven en descampados miserables, en terrenos polvorientos, sin andenes, sin un centímetro de pavimento ni una mancha de verde. Curiosamente, en esos descampados, en medio de la precariedad de las condiciones de vida, Cuarón enseña una población vibrante, llena de energía, que incluye un circo que dispara a un hombre bala, una escuela de artes marciales y hasta un grupo que interpreta música rock norteamericana. Los hombres y mujeres de estas escenas no aparecen amargados o tristes y, por el contrario, emergen llenos de vida, pujantes y hasta industriosos. Lo mismo puede decirse de las empleadas domésticas de la casa de Roma, quienes, además de un trabajo diario largo e intenso, muestran no solo mucho amor, sino también una enorme gratitud con la señora dueña de casa y con sus hijos. Los que han visto en esa relación humana solo explotación laboral, humillación y clasismo quizá no han entendido que esta película, a su manera, está ilustrando también la contradictoria y difícil transición de una sociedad de la premodernidad a la modernidad.

Pese a lo que vemos como unas terribles condiciones de vida y trabajo, esos millones de hombres y mujeres encuentran en la gran ciudad una condición de vida desconocida, una capacidad de agencia para moldear sus propios planes de vida, la posibilidad de acceder a diversiones y a comprar cosas en la economía de mercado, condiciones que jamás tuvieron en sus pequeños pueblos y comunidades rurales de donde venían. Allá todos, pero especialmente las mujeres, estaban sujetos a una colectividad cerrada, a una vida sin oportunidades, llena de convenciones y tradiciones impuestas por hombres dominantes, caciques políticos corruptos y curas que predicaban lo que se podía o no se podía hacer. Todo esto, pese a que México había tenido una revolución que, supuestamente, había “liberado” a los campesinos con una reforma agraria que les entregó más de 14 millones de hectáreas de tierras.

Para entender, entonces, la atracción de la gran ciudad hay que entender también lo que esos millones de hombres y mujeres dejaron atrás. Por supuesto, esta es otra lección que provee esta película magistral no solo para los mexicanos, sino también para todos nosotros, aquí en Colombia.

 

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