Por: Nicolás Rodríguez

Romper el secreto público

Qué mejor lugar para esconder muertos que un cementerio. Esto lo saben los grupos armados y la criminalidad, lo conocen las autoridades, lo sospechan quienes viven en los alrededores, lo discuten los vecinos, se susurra abiertamente entre defensores de derechos humanos y lo intuyen los familiares de las personas desaparecidas.

Es un secreto público. Es decir, mucho más que un simple secreto o un rumor. No se trata de un conjunto de habladurías; tampoco de teorías de complot, mucho menos de un mito o una leyenda.

El secreto público es aquello que se sabe, pero difícilmente puede ser articulado en una denuncia formal o una narración. Al secreto público le hace falta algo para salir a la superficie. Las razones por las que no se lo puede expresar con claridad son en sí mismas un problema que amerita discusión.

Los hallazgos de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) en el tema de las ejecuciones extrajudiciales y el cementerio Las Mercedes de Dabeiba marcan un quiebre en el relato nacional. Después de muchas décadas de mantener vivo el secreto público de los llamados “falsos positivos”, la justicia transicional encuentra la forma de transmitir una verdad, de darle forma y contenido a una experiencia de violencia.

La JEP ensancha nuestro repertorio de verdades aceptadas sobre un pasado doloroso con esta y otras pesquisas. El conocimiento producido no se limita a la participación de los militares en los crímenes cometidos, pese a que se le quiera dar ese uso y exista la tendencia a convertir lo revelado en la base de nuevos secretos, también selectivos.

En el caso de las fosas comunes, no solo las ejecuciones de civiles, en el afán de mostrar resultados militares, serán visibilizadas. Roto el secreto público, hay más en juego. Ya no hay para argumentar que la guerrilla de las Farc hizo cosas peores. El universo en discusión es el de los desaparecidos forzados por todos los bandos, incluido el Estado.

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2019-12-21T00:00:43-05:00

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2019-12-21T01:57:15-05:00

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