Por: Columnista invitado
Mudanzas

Romperse

Por: Juliana Londoño

Matar el miedo a quebrarme, a romperme, a despedazarme. Y, en efecto, desgarrarme por dentro, como si no existiera otra manera para sobrevivir y revivir, como si se tratara de un único camino y un único destino. Sentir que los días pesan, que el dolor es permitido, que mis lágrimas contienen la sal de todos los mares, que mis ojos no se cierran únicamente en las noches y que mi habitación ya no es aquel refugio en el que me sé tranquila.

Sentirlo todo como una ráfaga que llega sin preguntar y, después, sentir que no siento nada en absoluto. Verme en el espejo las cicatrices que dejaron aquellos amores, acariciarlas, notar que no duelen, pero por momentos hastían. Querer arrancarlas, vestir una nueva piel y al mismo tiempo atreverme a apreciar la belleza que irradian. Subirle el volumen a Rasguña las piedras de Sui Generis para que la nostalgia sea protagonista, y luego escuchar alguna canción de esas que suelen recordar que la melancolía carga implícita un matiz alegre.

Llorar, porque no tiene que haber una razón para hacerlo. Porque tampoco hay que sonreír todo el tiempo. Porque hace mucho que las lágrimas no salen y está prohibido olvidar llorar. Hacerlo por todas las veces que me obligué a no hacerlo. Descargar todo ese dolor reprimido y soltarlo como agua suave, para que se deslice sin que nadie lo detenga. Secarme las lágrimas fuertemente, con una servilleta áspera, que me ruborice la piel. Mirarme en el reflejo de la ventana, preguntarme por qué estoy llorando y no tener una respuesta. Ni una sola. Comenzarme a sonreír, tímidamente, y poco a poco soltar carcajadas.

Tirarme a la cama, boca arriba, con los ojos abiertos, escuchar como telón de fondo el ruido incesante de varias sirenas. Pensar que no sé reconocer entre la de una ambulancia y la de policía y pensar, aún sin saber la procedencia del sonido, cuál es menos angustiante. Pensar que estoy perdiendo el tiempo, que pensar tantas banalidades es perjudicial para el éxito y una hora después seguir en la misma posición, tanto de cuerpo como de mente. Pensar que hay tiempo para todo, que el sentimiento de culpa sólo pertenece a los asesinos, que está bien estar así, perdiendo el tiempo, coleccionando pensamientos inútiles.

Amanecer en la misma posición. Notar que me quedé dormida, que no gasté el tiempo sino que lo perdí. Pararme como un resorte, hacer una lista de “cosas-importantes-para cambiar-el-rumbo-de-mi-vida”, envidiar a aquellos que están donde yo quisiera estar e intentar —casi de manera inmediata— eliminar ese sentimiento —malo, muy malo—, porque eso es lo que me han dicho desde pequeña. Y resulta que todo eso que es bueno sentir porque se debe sentir, porque hay que sentir, lo he sentido. Pero también, todo eso que es malo sentir porque no se debe sentir, lo siento. Porque resulta sencillo, humano demasiado humano, ser una suma de contradicciones.

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