Por: Pascual Gaviria

Rosa y negro

A MITAD DE JORNADA, EN ALGUNAS etapas planas, adormecidas por el instinto del pedaleo, las travesías de los ciclistas en las grandes carreras tienen el aire de las procesiones: el ritmo que marca la casaca reluciente del profeta del momento, su séquito de acólitos que le ponen la mano sobre la espalda, le llevan el pan a la boca, lo refrescan con el agua bendita de las caramañolas. El público saluda con pañuelos ese orden tranquilo y estremecedor, la calma que hace que un arrume de ciclistas se convierta en una feligresía concertada y obediente.

A unos kilómetros de la meta, el desfile es ya una batalla caótica de emboscadas: un lancero menor entrega sus últimas fuerzas para desgastar a los encargados de impedir las evasiones, un aventurero salta aprovechando el recelo de los generales, cinco o seis conjurados juntan sus intereses en busca de un triunfo en las traiciones del último kilómetro. Los viejos narradores, los cronistas que seguían la historia desde las motos, nos enseñaron que al ciclismo le caben todas las comparaciones con la épica: Herrera bajando a Saint Etienne, luciendo sus cuatro hilos de sangre sobre la cara, fue llamado libertador, guerrero infatigable, cóndor de Alpes…

Cuando aparece la muerte en carretera, el más tremendo de los espectáculos, las cámaras se inclinan sobre la víctima mientras los demás competidores pasan dejando una mirada en el pavimento. Antes de que el belga Wouter Weylandt muriera en el descenso del Passo del Bocco, en el reciente Giro de Italia, el ciclista español Pablo Lastras soltó una elocuente sentencia mientras firmaba la planilla de salida: “Cuando organizan una carrera, solo piensan en el espectáculo y el morbo. Como si fuéramos gladiadores, cuyo único valor es el de pelear, sangrar y morir. O como si esto fuera un circo y nosotros la atracción. Pero no somos monos, sino artistas”. Más que un artista Lastras es un adivino, pero se equivoca sacando a sus colegas de la cuerda de los gladiadores: 1986 había marcado el último luto en la carrera rosa, Emalio Ravasio cayó a 10 kilómetros de la raya, se levantó, enderezó el manubrio de su bicicleta y terminó la etapa todavía pensando en el cronómetro. Unas horas después estaba en coma en una clínica de Palermo. No se puede decir que no corren a muerte.

Wouter Weylandt había ganado la tercera etapa del Giro 2010. Un año más tarde la tercera fue la última. Al día siguiente de su muerte los ciclistas convirtieron la travesía en una marcha fúnebre. En ocasiones, una carrera sin competencia puede ser la más emotiva y profunda. Cada equipo se encargó de encabezar la despedida poniendo el paso durante 10 kilómetros a un ritmo de 36 por hora. Ahora el lote era un mecanismo perfecto, un carrusel al que le daba cuerda la imagen del dorsal 108. Los compañeros de Weylandt, su equipo Leopard, cruzaron la meta abrazados, acompañando al estadounidense Tyler Farrar, rival y amigo íntimo, vestido con el uniforme negro de su equipo Garmin. Atrás, todo el lote de cabeza gacha era guiado por la camisa rosa del líder. Los aficionados respondieron con un gesto sencillo: el número 108 en la mano saludando el cortejo.

Y todavía faltaba un muerto más para el Giro. Xavier Tondo, ciclista español, murió en un accidente en su garaje cuando salía a entrenar. A la distancia, la ceremonia le correspondió a Contador, un líder inmutable. Ganó la etapa, señaló al cielo, dio un sorbo obligado a la botella de prosecco y se volteó casi con intensión de escupir esa turbia celebración.







 

 

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