Por: Mario Méndez

Rostro aborigen de la dignidad

Uno de los fenómenos socioculturales más interesantes de los últimos 50 años en Colombia es la dirección que vienen tomando la conducta y la autopercepción de los indígenas. Hacia la mitad del siglo XX, apenas se les tomaba como unos colombianos de orden secundario, caracterizados por su actividad lanera, en una especie de estereotipo; otros, si se trataba de aquellos que pueblan amplios sectores del oriente medio y medio sur del país, por su presencia en los mercados en plan de vender sus pomadas y sus hierbas. De todos modos, parecían carecer de voz y se les tenía como “indios” generadores de desconfianza.

Como un hecho casi aislado, la presencia del nasa Quintín Lame (1880-1967) en los juzgados, reclamando por sus tierras y contra los abusos de los amos, marcó un hito bajo la inspiración del nativo panameño Victoriano Lorenzo. Es significativo que Licenia, hermana de Lame, fuera violada, y mutilado su hermano Feliciano, hechos sobre los cuales, junto a otros, hay serios testimonios en investigaciones de “blancos”, como Siervos de Dios y amos de indios, de Víctor Daniel Bonilla, y El indio Quintín Lame, de Diego Castrillón Arboleda, además de numerosas referencias en tesis académicas.

Cuando se reúne la Asamblea Constituyente de 1991, que desemboca en la nueva Carta Política del país, ya las condiciones objetivas de los indígenas son bastante diferentes, a tal punto que sus representantes en el Congreso de la República —tanto como sus líderes en la lucha social— se destacan hoy por el peso de sus planteamientos, su estructura intelectual y, ¡cosa curiosa!, por el uso correcto del lenguaje, a diferencia de tantos “honorables” que echan por la borda la gramática y la decencia, como reflejo de nuestra pobreza nacional, distinta de la pobreza en lo económico, que a veces no lo es tanto.

Esta breve observación de la trayectoria indígena es necesaria para comprender algunas actitudes del establecimiento. El trasfondo histórico permite entender que, frente a acontecimientos como los que paralizaron el tráfico vehicular en la vía Panamericana, el Gobierno asuma posiciones de una incomodidad no siempre disimulada. De suerte que, independientemente de lo que hayan conseguido las comunidades movilizadas, reconforta el espectáculo de dignidad y de firmeza de la gente que se volcó a reclamar desde la carretera el cumplimiento de compromisos ignorados, y sobre los que faltó poco para que se esgrimiera la argumentación de que no se trataba de documentos de Estado, sino de papeles firmados por un gobierno en particular y no obligatorios para la actual administración.

Los líderes del movimiento social, tan golpeado desde las sombras del poder real, tienen en los recientes 27 días de resistencia indígena un ejemplo de persistencia, moral y claridad en los objetivos, elementos infaltables cuando se quiere de verdad conseguir resultados, como asomo, apenas, de justicia.

Tris más. Desde su inmensidad y su grandeza, y en favor del mundo, la sierra de Chiribiquete clama por la protección que el Estado colombiano ha sido incapaz de brindarle.

* Sociólogo, Universidad Nacional.

 

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