Por: Nicolás Rodríguez

Rueda suelta no es naufragio

El frustrado atentado de la Teófilo Forero contra el expresidente Uribe puso de presente varias cosas. La primera y más impactante, por lo podrida, es que a más de uno la posibilidad le es indiferente.

Si no es que le simpatiza. Desde luego, esto es una prueba lamentable de lo lejos que ha llegado la idea misma de polarización. Y un argumento irrefutable frente a la necesidad de un acuerdo de paz entre civiles que se jactan de la animosidad que produce tan larga guerra.

Después están los embajadores de la guerra fría que no creen en nada. Los amigos eternos del complot. La extrema derecha no ayuda, se sabe, y los precedentes en materia de verdaderos falsos positivos tampoco. Pero acá la situación es otra. Para hacerse los suspicaces, abundan los que le lanzan dudas a cualquier información, provenga de donde provenga. Que si este no será un autogol de Santos. Que si no será la propia gente de Uribe.

Y tenemos también reacciones de los propios uribistas y enemigos del proceso de paz que exigen que este sea el acontecimiento que le ponga final al capítulo de La Habana. Por supuesto, están en su derecho. Con todo, en esto de la entendible indignación un buen pedazo es estrategia política. Una forma de cobrar por ventanilla electoral la información del ministro de Defensa sobre este y otros atentados.

Pero no sobrará recordarles a los críticos más acérrimos que las bacrim son justamente el resultado de un proceso de paz muy mal negociado con grupos armados que también se nutrían del narcotráfico. Al mejor estilo de la Teófilo Forero. Luego acaso estemos en las mismas, con dos grandes diferencias. Que el siguiente punto de discusión es justamente el narcotráfico del que con Uribe nunca se habló. Y que aún estamos a tiempo de hacer más explícitas las enormes dificultades que le siguen a un posible proceso de paz.

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