Por: Hugo Sabogal

Rueda y la Verdejo

Estamos tan acostumbrados a preferir los tintos españoles que rara vez nos asomamos a sus pequeños paraísos de vinos blancos. No son muchos, pero los pocos lugares consagrados a su producción brillan con luz propia.

Galicia y la uva Albariño, de Rias Baixas, constituyen un dúo de excelencia. Otro hito lo representa el Penedès, en Cataluña, donde surgen interesantes varietales o ensamblajes con cepas como Parellada, Chardonnay, Garnacha Blanca y Xarel-lo. La Rioja y la Viura también han escrito su propia página, lo mismo que la Macabeo y Jumilla. En menor escala y con menos brillo está la Airén, predominante en Valdepeñas, en La Mancha. La Airén es la base de los principales brandis españoles.
Quizás muchas de estas zonas y variedades no sean todavía muy conocidas fuera de la península. Y lo mismo debe decirse de una nueva estrella llamada Rueda, denominación de origen que ha alcanzado, en los últimos años, una cota de creciente interés por parte de los buscadores de novedades ibéricas.

El principal encanto de Rueda es la variedad Verdejo, reina indiscutible de los viñedos de esta localidad de Valladolid, Castilla y León. De tiempo atrás, Rueda ha llamado la atención de grandes casas vitivinícolas españolas, que elaboran allí sus mejores blancos. Sin embargo, Rueda también posee un verdadero enjambre de pequeños productores, quienes se han dado a conocer por fuera de España.
Bien vale recordar algo de historia. Igual que ocurrió con la vecina Ribera del Duero, Rueda viene elaborando vinos desde la Edad Media. Uno de sus más destacados logros fue penetrar las duras superficies de piedra caliza para construir cavas subterráneas, que aún subsisten. Según los historiadores, la Verdejo (que significa “de tonalidad verde”) fue introducida por los moros antes de la dominación árabe. Inicialmente, los vinos —potenciados con alcohol vínico— se utilizaron, principalmente, para consumo local.

A mediados del siglo XIX, la peste de la filoxera aniquiló todas las plantaciones de Verdejo. Pasada la crisis, los cultivadores volvieron a lo suyo, plantando Palomino, la cepa andaluza con la que se elabora el jerez. Justificaron su decisión en el hecho de que querían seguir dedicándose a la elaboración de vinos blancos secos fortificados.
Sin embargo, algunos viticultores rescataron la variedad autóctona Verdejo, hasta llamar la atención de la casa riojana Herederos del Marqués de Riscal, que apreció el potencial de la cepa para producir vinos blancos secos, deliciosamente frescos. La movida de Marqués de Riscal entusiasmó a otras casas riojanas, catalanas y de Ribera del Duero. Y fue así como la Verdejo despertó de su prolongado sueño, convirtiendo a la “bella durmiente” en una de las mejores alternativas para la elaboración de vinos blancos españoles.

Rueda obtuvo legalmente el rango de Denominación de Origen en 1980, y su consejo regulador se empeñó en reconvertir las plantaciones de Palomino, transformando a la Verdejo, veinte años después, en la reina absoluta del territorio. Aunque los fortificados aún se producen en la zona, hoy Rueda está dedicada a los vinos blancos frescos y frutados.
¿Qué esperar de un buen verdejo? Por lo general, y dependiendo de si la Verdejo se mezcla o no con otras variedades, suele entregar vinos blancos de buen carácter, marcadamente aromáticos, con reminiscencias a laurel. Los verdejos rodenses envejecen con gran dignidad, dando como resultado caldos con recuerdos a frutos secos como la nuez. Además de Marqués de Riscal, existen otras casas españolas con un verdejo de Rueda en su abanico. Entre ellas están Torres, Bodegas PradoRey y Domecq Wines.

La firma francesa J & F Lurton ha alcanzado altas puntuaciones con su verdejo Rueda Cuesta de Oro y Bodegas Naia (Rueda-La Seca) es otro tesoro surgido de la zona, con varios premios internacionales en su cartera.

 

 

 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Hugo Sabogal

Delicias amargas

El gusto por Croacia

Los vinos que vienen

Lo bueno de la adversidad

Italia esencial