Rugidos del fanatismo

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Ángela María Robledo comunicó oficialmente su renuncia a Colombia Humana, y la ferocidad emocional del partidismo que la admiró mientras representó la fórmula vicepresidencial de Gustavo Petro la tilda ahora de traidora aberrante. Un juicio desmedido y envenenado que, curiosamente, no tuvo el mismo radicalismo cuando el también aliado leal Navarro Wolff decidió alejarse por razones personales. Los juicios del fanatismo insisten en que es imperdonable abandonar las filas ahora que inicia una campaña decisiva a la presidencia, y que su decisión responde a una jugada maestra y oculta para beneficiar al posicionamiento de la derecha. Los rugidos tienen el tinte conspiranoico que viene capitalizándolo todo con suspicacias sobre entramados ocultos y secretos para honrar las fuerzas oscuras del dominio: no pueden aceptar una renuncia común sin acudir a las sospechas de grandes conjuros, les parece irreal que el caudillismo sea traicionado por razones personales y que la continuidad sea interrumpida por una decisión que contradiga los juramentos de un culto.

Lo que resulta natural en tiempos de organización preelectoral es el rechazo a la figura pusilánime de Sergio Fajardo: sus compromisos peligrosos con el GEA y su carácter empeñado con nombres poderosos son argumentos suficientes para que su liderazgo en la Alianza Verde sea un fracaso anunciado y una razón colectiva para el desprecio: su propia nulidad y su silencio continuo en todos los escándalos nacionales no soportan una bandera con su nombre. Pero Fajardo no tiene ahora el poder de decisión que tuvo en sus años de seductor alternativo, y tildar a Ángela María Robledo o a Navarro Wolff de ser activos silentes y alfiles comprometidos de la derecha es una ingenuidad y una ligereza. Nadie acusó con tanta furia a Navarro en el tiempo en que decidió alejarse de Gustavo Petro por decisiones personales, y nadie imaginó un plan siniestro al inscribirse en el partido que empezaba a liderar otras banderas del progresismo. Los verdes, a todas luces, tuvieron tropiezos teóricos frente al proceso de paz y posturas contradictorias ante el nombramiento de Jesús Santrich en el Congreso, boicoteando los acuerdos jurídicos que convocarían inevitablemente a la participación política de las figuras aún más indignantes de los reinsertados. Atados aún a una tradición se resistieron al proceso y al respaldo de la ley alternativa. Perdieron bastiones enteros del progresismo que defendía el curso del proceso con todas las sombras y los yerros, y tocaron el último fondo posible con los desaires hirientes de su último líder. Fajardo sintetizó la mediocridad de una postura política racional entre el incendio, y Colombia Humana recibió los votos de quienes se negaban a volver a la barbarie y a la liviandad.

Petro supo narrar la historia del desastre y visibilizar las causas de un país perdido entre el feudalismo y los contubernios de la política y los bajos mundos. El partido convocó las generaciones ofendidas y los sectores excluidos, y Ángela María Robledo afianzó las posibilidades prácticas del movimiento que se hizo llamar humano para contrarrestar la bajeza del partido en el poder que lo ha dirigido todo con cretinismo y desvergüenza. Es una vergüenza también que el pretendido humanismo quiera nombrar las rupturas internas y naturales como traiciones a un culto sagrado y a un dogma. La rudeza babeante tendrá que ceder cuando los cálculos que la derecha sabe hacer muy bien los obligue a la fusión y a la posibilidad práctica del idealismo.

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