Por: Roberto Esguerra Gutiérrez

Rumbo a los cien

El 18 de marzo completó noventa y nueve e inició su camino rumbo a los cien años el Gimnasio Moderno de Bogotá, tradicional colegio que ha formado a generaciones de colombianos y que ha influido de manera decisiva en las tendencias de la educación en nuestro país.

Fue fundado por un grupo de diecisiete jóvenes pertenecientes a la “Generación del Centenario”, llamada así por haber iniciado su figuración cuando se cumplían los primeros cien años de nuestra independencia. Inicialmente constituido como sociedad anónima, muy rápidamente tomó la forma de una corporación sin ánimo de lucro, siendo probablemente el primer colegio en haber adoptado esta figura en que priman la filantropía y el altruismo, que lo distancian de los colegios “negocio”.

Constituye esencia de la formación gimnasiana la “disciplina de confianza”, que se caracteriza por dar más importancia a la responsabilidad que a la represión. Aún hoy, cerca de un siglo después, es revolucionario pensar que jóvenes estudiantes de colegio entienden esa filosofía, que al depositarles la confianza les confiere libertad y les enseña que no son las normas externas las que obligan a un buen comportamiento sino es la responsabilidad individual la que lo garantiza. El “aprender haciendo” y la batalla contra la memorización completan el núcleo de la formación que han recibido los gimnasianos y que corona con el lema “educar antes que instruir”, que sitúa la responsabilidad del colegio mucho más allá de la simple transferencia de conocimientos, pues incluye el desarrollo o perfeccionamiento de las facultades intelectuales del niño, así como dirigirlo y encaminarlo.

Al comienzo fue el único colegio que llevaba el nombre “gimnasio”, pero desde mediados del siglo XX se popularizó como nombre de colegios, usando todas las formas y combinaciones imaginables. Por eso hace muchos años la palabra gimnasiano designaba sólo a los alumnos o exalumnos del Gimnasio Moderno, pero la explosión de gimnasios obligó a que para identificarlos se les llame ahora “los del moderno”, dando más peso a esta palabra, lo que constituye un buen reconocimiento cuando ya se tienen noventa y nueve años en la espalda.

Hay muchos nombres en la historia del colegio, pero José María Samper y su hermano Tomás, y Tomás Rueda Vargas, junto con don Agustín Nieto Caballero, constituyen el núcleo central. Este último, un verdadero visionario que supo adelantarse a las ideas y paradigmas de su tiempo, para involucrar conceptos que aún hoy, casi cien años después, son innovadores. Don Agustín adquirió toda esta filosofía durante su formación tanto en Europa como en Estados Unidos, en donde tuvo contacto con tres grandes reformadores y renovadores de la educación: la primera médica que tuvo Italia, María Montessori, gran renovadora de los métodos pedagógicos; el belga, también médico, Ovide Decroly, pionero del respeto por el niño y opositor de la disciplina rígida, y el filósofo estadounidense creador de la enseñanza centrada en el niño, John Dewey.

El colegio además tuvo la visión de incorporar entre sus profesores a maestros europeos, varios de ellos con título de Ph.D., muestra de la dimensión que don Agustín y sus compañeros le dieron a este “alcázar de ilusión”. Entre ellos se destaca Ernesto Bein, el “prof” o “meus”, como le conocieron siempre sus discípulos. Llegó al país en 1937, luego de haber conocido a don Agustín en Inglaterra, y aquí se quedó para siempre, incrustado en el alma del colegio, en donde vivió más de 45 años y del que fue rector desde la muerte de don Agustín hasta su propia muerte en 1980.

Pocas organizaciones en Colombia son centenarias. El Gimnasio Moderno ha iniciado la cuenta regresiva para completar su primer centenario en marzo del año entrante, cuando hará parte de ese privilegiado grupo.

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