Por: Columnista invitado

Rusia en la era de Donald Trump

No debía causar extrañeza que uno de los primeros líderes mundiales en felicitar a Donald Trump por su victoria en las elecciones presidenciales norteamericanas fuera Vladimir Putin.

Desde su regreso al poder en 2012, el presidente ruso no ha escatimado esfuerzos en hacer que su país sea considerado como igual por sus más importantes pares. Para tal efecto ha recurrido a todos los resquicios, crisis y oportunidades para afirmar dicha voluntad, lo cual, dicho sea de paso, le ha granjeado un apoyo nada despreciable por parte de la opinión pública rusa.

Sus acciones han sido temerarias y han ido en contravía de las grandes potencias occidentales. Ante la eventualidad de que Ucrania afirmara sus vínculos con la Unión Europea y la OTAN, se apoderó de Crimea y brindó apoyo a las fuerzas separatistas prorrusas. Las sanciones, con elevados costos económicos, no han hecho mella en su firme decisión. En el Oriente Medio también se enfrentó con Occidente, con su decidido apoyo al presidente Al Asad, cambiando por completo la correlación de fuerzas en Siria. En el caso de la misma Europa, no ha podido menos que alegrarse con los triunfos electorales recientes de líderes prorrusos en Moldavia y Bulgaria y el auge de los partidos de extrema derecha, con los cuales mantiene fuertes vínculos políticos e ideológicos.

Sin entrar en detalles sobre la eventual interferencia rusa en la contienda electoral norteamericana, hecho que ha sorprendido a los medios y a la opinión pública mundial por dónde tuvo lugar, y no porque ese tipo de prácticas sean novedosas, porque la historia contemporánea es abundante en tales ejemplos, para Moscú la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca tendrá grandes implicaciones. Primero, porque comparten la visión de que las economías y sociedades deben ser cerradas a nivel nacional. Segundo, porque convergen en las formas de lucha contra el terrorismo, lo cual, seguramente, se traducirá en un acercamiento de posiciones y acciones entre Washington y Moscú. Tercero, porque eludirán la intermediación europea en las relaciones mutuas, lo cual de paso reducirá el papel de Europa en el sistema mundial. Por último, porque habrá mejores condiciones para el reconocimiento de la anexión de Crimea por parte de Rusia y el levantamiento de las sanciones en contra de Rusia.

Pero difícilmente se podrá hablar de una verdadera luna de miel entre rusos y norteamericanos, porque, como buen representante del mundo empresarial con poca experiencia en los vericuetos del poder en Washington, Trump con seguridad privilegiará los intereses por encima de las alianzas, por lo que Rusia será importante en tanto sea funcional a determinados fines. Además, es evidente que difieren en torno a China y su papel en el sistema internacional. Por último, no está de más recordar las suspicacias que despierta en el Kremlin la ideal de reforzamiento del poderío militar estadounidense del equipo que acompaña a Trump en Washington, lo cual, obviamente, irá en detrimento de Rusia. “America First” proclamaba Trump durante su campaña, y esa consigna estará en el corazón de la política exterior norteamericana.

* Hugo Fazio Vengoa es decano de Ciencias Sociales de los Andes.

 

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