Por: José Fernando Isaza

Sabios

Aunque Francisco José de Caldas no participó en combates de la guerra de independencia, su apoyo a esta causa y su muerte a manos de los españoles hacen que, con justicia, se le considere un héroe nacional.

 En esa época solo había 350 estudiantes en algo así como educación superior. Caldas fue uno de ellos. La población de la Nueva Granada era alrededor de un millón de habitantes.

El apelativo de “sabio” es generoso. Trabajó con Humboldt y este naturalista se refirió elogiosamente a él, hasta que apareció Bonpland, y Caldas dejó de ser el asistente de Humboldt. El hipsómetro, instrumento para determinar la altura, se le atribuye a Caldas su invención, de ahí el apelativo de “sabio”. El dispositivo fue creado por Fahrenheit en 1734, muchos años antes del nacimiento de Caldas; Deluc, en 1772, lo populariza cuando nuestro naturalista tenía 4 años. La O partida dibujada en la pared de la Universidad del Rosario la noche anterior a su ejecución y que algunos la interpretan como “O larga, negra y partida” puede ser más simplemente la letra griega theta, la inicial thanatos = muerte.

Para pasar a la historia con el justo título de patriota y mártir, investigador de la Expedición Botánica, no era necesario atribuirle inventos, ni frases que con seguridad no pronunció.

Al profesor Luis López de Mesa se le debe reconocer su decisiva participación en ampliar las oportunidades de acceder a la educación pública y su defensa de la educación laica. Las crónicas de la época mencionan más su frase “el hombre desciende de la sardina”, algunos se burlaban, otros creían que estaba enunciando una tesis original, en realidad la teoría de la evolución ya era más que centenaria; y el origen de la vida en el agua era de conocimiento público en países menos atrasados que el nuestro.

Sobre Manuel Elkin Patarroyo puede decirse que es muy superior como investigador a lo que piensan sus críticos, pero tal vez menos de lo que piensan sus áulicos. Ha sido impulsor de la biología molecular, ha formado investigadores en este campo, no le son ajenos los conocimientos y aplicaciones de la proteinómica, y en esa área también ha capacitado investigadores de alto nivel. No descubrió la tan esperada vacuna contra la malaria, las investigaciones en ese campo están hoy en manos de empresas farmacéuticas, que han logrado patentarla. Aun sin haber logrado la vacuna, Patarroyo es un investigador respetable, aunque su error de anunciar descubrimientos que no cumplían los estándares científicos le ha causado la critica de una buena parte de la comunidad investigativa.

Algo similar sucede con el biólogo Raúl Cuero. Además de superar el ambiente, poco propicio, a la ciencia de la Buenaventura hace 65 años, ha obtenido dos patentes. En Colombia, menos de 1.000 investigadores han logrado una patente. No se encuentran los promocionados 90 o 100 artículos en revistas indexadas, pero sí se pueden rastrear una o dos. Con seguridad no hay nadie nacido en nuestra costa Pacífica que pueda mostrar logros similares. Su trabajo en la creación de parques tecnológicos es un estimulo para las nuevas generaciones. En su blog, Cuero hace más énfasis en las distinciones y homenajes que en los resultados de sus trabajos científicos; no permite conocer ni el texto, ni la localización de sus publicaciones.

Más ego que ciencia. No es necesario exagerar sus logros para obtener un merecido reconocimiento.

 

 

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