¿Cómo será la atención de las víctimas en Bogotá en medio de la pandemia?

hace 1 min
Por: Arturo Guerrero

Sady, antepasados que perduran

Con acierto de oficio, la fotógrafa Susana Carrié descubrió a los ancestros de los colombianos en las instantáneas de Sady González, pionero de la reportería gráfica nacido hace un siglo.

Esas apariciones en blanco y negro explican el golpe de añoranza con que se sale del documental ¨Una luz en la memoria¨, que en una hora aprieta cinco décadas de un arte.

La propia figura del protagonista grita a las neuronas: orejas volantes, bigote sarcástico, sonrisa entreabierta, mirada diagonal, chaleco abotonado, corbatín, cámara cúbica Rolleiflex alemana, enorme flash de película de gánsteres. Un ícono.

La primera foto que tomó en su vida fue la del hombre que le dio la vida, yaciendo en una muerte brumosa. Artista que inició la vena artística de la prole, había sido cantante lírico en Venezuela. La mortaja solo deja ver la cara y la cara es un bigote frondoso con cierto aire de García Márquez joven.

Años después, Sady retrató otras dos caras de muerto que resultaron alegóricas. La de Jorge Eliécer Gaitán, vuelto hielo en lo alto de su carrera política. Y la de Juan Roa Sierra, matador material del líder, un coágulo sin mirada ajustado entre tablas, rodeado por hombres de pelo lacio y perspectiva incierta.

Ancestros: de ellos venimos, de artistas, mártires y asesinos. Eso somos, un poco locos, mucho de risueños, aventurados a riesgo de todo, homicidas de machete y ganzúa. También somos traje de novia blanca, pundonor de marcha militar, vendedor de lotería que de milagro pende de la última varilla del tranvía, fútbol dorado vestido de barro.

Este turbión que fue Colombia desde los años treinta hasta los setenta, es el material cruzado y vertiginoso cuajado para siempre por este fotógrafo que alegraba una fiesta, enamoró a su mujer en un tren y sumó a sus siete hijos a la empresa familiar que hoy se conmemora en cine.

Dos mujeres hacen viable y encienden ¨Una luz en la memoria¨. Esperanza Uribe, la esposa en el tren, quien desde 1943 registró y clasificó el archivo de negativos, con conciencia de trabajar para los siglos. Y Margarita Carrillo, videodirectora que en este caso fue par de Guillermo González, hijo del protagonista y creador de memorables revistas culturales.

El documental guarda la calidad y nervio de creaciones anteriores de esta directora, sobre temas como sida, esmeraldas, teatro, grupo La Candelaria. En declaración de prensa había plasmado su poética hace unos años: ¨recoger la realidad hasta el milímetro y no imponerla. Con la paciencia de un camarógrafo hasta que se posa el grillo en la mata. Que las cosas sean de verdad¨.

La película, exhibida en la sala capitalina Tonalá hasta el 22 de julio, ofrece una historia entrañable de entre casa, una estatuaria del campesinado asustado, un registro de vanidad social bogotana, la feroz fotogenia de la guerra, el ceremonial palaciego de cuatro presidentes y un papa.

En la pantalla oscilan los antepasados del candor, la inundación, el puñal y la risa que nos instaura.


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