Sainete en Washington

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Después de otro discurso incendiario y mitómano de Donald Trump, desafiando la democracia y la confirmación de la presidencia de Joe Biden, la turbamulta de sus seguidores iracundos invadió el Capitolio, tumbó las puertas y los vidrios, saltó todos los mármoles tallados con los lemas solemnes de una democracia inviolable, y alcanzó los tronos que siempre presumieron una diplomacia poderosa y sin fin. Con rifles atravesados y banderas colgantes como capas del nuevo signo del tiempo, se sentaron sonrientes demostrando la suplantación del poder, se colgaron de los bordes de los pisos, y con cascos y cuernos falsos de una raza superior y desaparecida se plantaron en el atril central para revelarle al mundo quién tenía ahora el verdadero poder, aunque todos los argumentos de su legitimidad sean ficticios y creados por ellos mismos en un delirio colectivo y armado que se niega a ceder ante la decisión electoral que los derrotó en noviembre.

Joe Biden, desconcertado y obligado a la mesura, intentó contrarrestar la confusión nacional con una invitación desesperada a la serenidad y presionando a su archienemigo público a replegar a sus tropas civiles que seguían ocupando masivamente los alrededores del palacio. Pero Trump tiene aún pocos días en el poder oficial para hacer de su historia que se apaga un último incendio y una última hecatombe; su método eficaz de falsedad continua y persistente puede resistir los límites del tiempo y superar los años que lo intentan marginar en el olvido. Con la misma falsedad se hizo elegir en el cargo más poderoso y decisivo del mundo, y en sus últimos suspiros hizo invadir violentamente los lugares más sagrados de ese imaginario democrático que se creía invencible. Aún puede seguir minando las fragilidades democráticas con otros arrebatos de odio y furia, y los ejércitos que tiene a sus pies estarán al tanto de sus órdenes, aunque su cuerpo no ocupe oficialmente el símbolo de un trono: todo es ahora metáfora, interpretación y delirio, y la realidad, en el amplio margen de los 75 millones de votantes a su nombre, tiene otro significado y otra dimensión entre los códigos posmodernos de una democracia fracturada.

Biden podrá ocupar el poder y simular un retorno sereno a la tradición, pero la imagen eternizada de un Congreso violentado por los caprichos de un perdedor seguirá teniendo los efectos de un suelo arruinado. La mentira ha ganado territorios que la verdad solo puede reclamar con la pesada lentitud de los razonamientos. Entre los bloques que confrontan al patriotismo vulgar con el progreso solo queda el abismo y los cuerpos que caerán en esa larga zanja del tiempo sin redenciones. Trump lo ha comprendido en la veracidad de sus poderes alcanzados, conoce los efectos de sus métodos en un mundo que se hunde también en los azotes de una emergencia sanitaria que negó hasta extender las cifras de muerte escandalosas que no existen en sus narrativas inventadas. Son los nuevos soportes del tiempo que ha interpretado a su favor para sobreponerse a todas las certezas y afianzar este sainete del mundo que lleva, sobre todos los desastres, su rostro y su nombre.

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