Por: Julio César Londoño

Saint Juste

Ciudadano sin tacha y juez probo que se interesa especialmente por las causas nobles y las gentes humildes, Jean-Baptiste Clamence vive satisfecho de sí, cómodo dentro de su piel y sin sobresaltos de conciencia hasta una noche que, atravesando un puente sobre el Sena, ve a un hombre acodado en la baranda.

Clamence apenas lo observa un instante y sigue su camino. Va retrasado a un coctel importante para sus relaciones profesionales. Entonces escucha un chapuzón, voltea a mirar y el hombre ya no está. Por un momento, Clamence no sabe qué hacer. Lo más sensato, o por lo menos lo más piadoso, es lanzarse inmediatamente al río y tratar de salvar a ese pobre desgraciado, pero lleva puesto un esmoquin muy fino... Una alternativa decorosa sería dar aviso a la policía, pero le harían muchas preguntas y se perdería el coctel. Después de unos instantes de confusión, el grande hombre sigue el camino del coctel.

Al día siguiente reflexiona sobre el suceso y comprende que su “filantropía” no ha estado nunca dirigida al prójimo sino a sí mismo., Todas sus buenas acciones sólo perseguían alzar el pedestal que lo hiciera visible entre la multitud. Admirado. Amado. Este es el argumento de La caída (1956), de Albert Camus. Mirando más allá de la ética, que juzga nuestras relaciones con el otro, y mucho más allá de los moralistas que fustigan el vicio, Camus se interroga por la calidad de los resortes internos que nos impulsan a la virtud.

Algunos críticos se han preguntado si esta novela no sería un autoexamen del propio Camus, que era llamado con cariño “Saint Juste” por su carácter austero y su verticalidad. Lo cierto es que después de leerla es difícil seguir teniendo un concepto muy elevado de nadie, y mucho menos de uno mismo. El crítico Conor C. O’Brien confesó que, después de La caída, tuvo varias veces la sensación de que el espejo le devolvía una imagen socarrona.

Es la única novela suya que no transcurre en Argel (sucede en Ámsterdam), es un monólogo irónico y perspicaz y está escrita en una de las mejores prosas de la literatura francesa —o en la mejor prosa africana, si se prefiere—.

Su obra esquiva la corriente en boga en su época, el existencialismo, y se inscribe dentro de la esfera del absurdo, pero no en la línea de Kafka, sino en la de Billy Budd de Melville, autor que admiraba.

Este carácter puede apreciarse muy bien en El extranjero. Un hombre, Meursault, asesina a otro en una playa y luego es incapaz de explicarle nada a la policía. Es verdad que no estaba atravesando un buen momento. Tenía algunos problemas personales, pero a su víctima ni siquiera la conocía. Se rozó con él en la playa, un tropezón o algo así, se cruzaron dos insultos y lo mató. Cuando es interrogado, Meursault no puede explicar sus actos. “Hacía demasiado calor…”, balbucea. En el juicio, el fiscal lo presenta como un hombre sin sentimientos, sin religión, sin amor, sin relaciones afectivas. Un monstruo, en suma. Para probarlo, cita testigos de que permaneció impasible en el velorio de su madre. Como si fuera poco, esa noche, la del velorio, ¡fue visto tomando café con un enorme cruasán de queso! Después de esto, el defensor se rinde y Meursault es condenado a largos años de prisión. Los jueces acertaron. Un hombre que conserva el apetito en el velorio de su madre es capaz de cualquier cosa.

No le molestaba que sus amigas lo llamaran “Humphrey” y decía que el argumento de Casablanca era insuperable; que a su lado, todas las historias de amor eran berrinches mezquinos. Bogart, por su parte, tuvo La peste varios años en su mesa de noche. Nunca se cruzaron.

Françoise Sagan, quizá la mejor escritora de la historia, decía: “Camus est Camus et tout le reste est littérature”.

 

*Julio César Londoño

 

 

 

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