Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Sal si puedes

Habrá lectores que todavía se acuerden de la fantástica canción de Lucho Bermúdez, Salsipuedes (en Youtube, uno de los grandes oráculos digitales, se encuentra en su mejor versión, cantada por Matilde Díaz).

 De entre ellos, muy pocos asociarán su amable melodía con las crispadas andanzas del Centro Democrático. Pero el encarte mutuo en que están los dirigentes de ese emprendimiento evoca inevitablemente el título de la canción.

El encarte es triple. Primero, es una sigla rigurosamente caudillista, en la que llevarle la contraria a Uribe se considera anatema. Uribe, por su parte, ha demostrado a la largo de su carrera que no tiene el menor reato de conciencia cuando se trata de cambiar las reglas de juego, así que aunque simula neutralidad, pasa por encima de cualquier acuerdo previo para favorecer a uno sobre otro entre los candidatos presidenciales restantes.

¿Restantes? En efecto, ese es el segundo problema del Centro. Uribe mismo no puede nominarse porque, aunque lo intentó —dejando que en el camino los suyos hicieran toda clase de trampas—, no pudo cambiar la Constitución para favorecerse a sí mismo. Los otros dos candidatos fuertes que quedaban —Arias y Ramos— pasaron a engrosar la ya nutrida bancada carcelaria que adorna las orgullosas huestes del uribismo. Aunque salgan del estado sub judice, están para todos los efectos prácticos fuera del juego. Así que al Centro le toca jugar ahora con la banca. Los emergentes son Óscar Iván Zuluaga, Carlos Holmes y Francisco Santos. Pero ninguno sirve. Que Dios me perdone, pero no creo que Zuluaga sea particularmente mala persona. Es un tecnócrata muy, muy de derecha, pero en sus declaraciones rara vez destila la bilis y la ferocidad que caracterizan a sus conmilitones, incluyendo a su jefe inmarcesible. Así que cuando recuerdo que es un desconocido purísimo, total, no lo hago desde la antipatía. Un experto en estas cosas me decía los otros días que en los grupos focales no lograban reconocerlo ni mostrando su foto. ¿Podrá ganar al menos una representación profesoral en la Javeriana, donde creo que enseña? Con un par de años más de exposición a los medios, de pronto. Pero para la Presidencia, no tiene la menor oportunidad.

En trance análogo se encuentra Holmes. Queda, pues, Pachito. Quien, además de marcar en las encuestas por encima del margen de error, tiene, gracias a su naturaleza juvenil y desenvuelta, la destreza —crucial en el ámbito en que se mueve— de poder arrastrarse y batir la cola con estupenda agilidad. Pero también tiene su carácter, y si le llevan la contraria es muy capaz de ponerse mohíno y hacer pucheros. Más aún, cuenta con fuentes de poder propias: viene por ejemplo de una familia muy influyente, tanto en política como en medios. Nada de esto puede gustarle al caudillo, que quisiera rodearse de criaturas que dependan totalmente de él. La otra cara de la moneda es que Uribe necesita un candidato presentable, no solamente popular. Alguien cuyas declaraciones puedan ser tomadas en serio por tecnócratas y tomadores de decisiones. Pachito es más popular que Óscar Iván, pero no es presentable.

Y esto me lleva a la tercera dimensión del encarte. Como sucedió al oficialismo liberal de los 80 y los 90, la cuadratura del círculo para el uribismo es ungir a alguien que sea a la vez popular y presentable. En su mejor momento, Uribe fue precisamente la solución al desafío. Pero —después de años ininterrumpidos de escándalo— el caudillo es cada vez menos presentable, e incluso su popularidad se ha resquebrajado. Y debajo de él, por diseño, no hay nada ni nadie. Sal-si-puedes, tierra de ilusión...

 

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