Por: Iván Mejía Álvarez

Sal y dulce

Desde ángulos diferentes, dos jugadores de selección de Colombia fueron protagonistas el fin de semana en el torneo colombiano.

De un lado, el veterano cuidapalos Faryd Mondragón, y del otro, el joven Stefan Medina.

Resulta increíble que una parte del público que asistió al estadio de Manizales le haya cargado la mano, con silbatinas e insultos, al joven Medina. Es cierto que no jugó bien con el equipo nacional, pero dedicársela al muchacho resulta absurdo e incomprensible. Sobre todo, no es justo con un chico que está comenzando su carrera y que no tiene nada que ver con el ambiente externo de las barras y sus odios.

A Medina le cobran su camiseta verde y blanca del Nacional y las hinchadas rivales al cuadro antioqueño están convencidas de que maltratándolo están logrando que se sienta su resentimiento hacia el verde.

Ese joven juega bien al fútbol, pero no tuvo la fortuna de hacerlo correctamente con la selección en los juegos ante Uruguay y Chile. Contra los charrúas fue totalmente sacrificado pues no tuvo apoyos, respaldos en su tarea de marca, y le tocó medirse solo con el tándem que armó Tabárez. Y contra Chile, todo el equipo fue un desastre en el primer tiempo, y cobrársela toda a Medina resulta injusto e improcedente.

Alguien dirá que el público es el que paga y que tiene todo el derecho a gritar, maltratar y silbar a quien quiera. Este periodista sólo afirma que tal comportamiento es absurdo y ridículo, que ese muchacho juega bien y que hablar de “cometas”, comisiones por venta al exterior, es temerario y hasta el momento nadie ha presentado un documento concreto y serio sobre ese tópico. Sólo chismes callejeros y suposiciones sin fondo real.

En cambio, el público alabó a Faryd Mondragón y lo hizo con plena justicia. Las cuatro pelotas que agarró el portero en la primera etapa contra Millonarios fueron de antología, sobre todo una en la que le cerró el ángulo de tiro a Rentería.

Nunca es tarde para premiarle a Mondragón su enorme tarea anímica en la histórica remontada contra Chile. Ayudó a sus compañeros, levantó el Metropolitano y puso el público a gritar el “sí se puede, sí se puede” que llevó en andas el equipo hacia el empate.

Más allá de ese recuerdo, Mondragón es arquero de selección, no porque sea veterano, sapiente, conocedor del puesto y sus secretos, sino por nivel y calidad.

 

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