Por: Luis Fernando Medina

Salgamos de Dudas: ¿Cuál Oposición?

No fueron unas elecciones particularmente reñidas.

El margen de victoria de Santos es más amplio que los de muchas elecciones del pasado. Es similar al que obtuvo Andrés Pastrana en 1998, superior al de Samper en 1994, o al de Turbay en 1978 y eso para no hablar del de Misael Pastrana en 1970 sobre Rojas Pinilla (¿o fue al revés?). Se trata de un margen normal; en una democracia lo raro son las palizas electorales con ventajas de dos dígitos porcentuales. De modo que archivemos de una vez la muletilla de que el país quedó divido en dos mitades exactas. No. La mayoría fue tan cómoda como es dable esperar en elecciones competitivas.

Y ya entrados en gastos, archivemos también los intentos de deslegitimar los votos por su procedencia geográfica. Sí. Santos ganó en la Costa Atlántica. Sí. La Costa es una región donde las maquinarias electorales son particularmente activas. Pero así ha sido siempre y cuando esas maquinarias trabajaban en beneficio de Uribe (o de cualquier otro presidente) a ninguno de los que ahora se rasgan las vestiduras le pareció ilegítimo. Además, maquinarias hay en todo el país y en la Costa, como en cualquier otra región del país, hay “votos de opinión” de esos que ahora parecen ser de mejor familia. A todas estas, Santos ganó en cuatro de las cinco grandes ciudades. Del mismo modo, archivemos los intentos de deslegitimar los votos por su heterogeneidad. Sí. Santos ganó con una coalición variopinta que incluye sectores que se van a oponer a buena parte de su agenda de gobierno. Eso es normal en toda democracia. También conviene dejar de deplorar que la paz se hubiera vuelto una bandera electoral. Era obvio, saludable y democrático. La decisión de conversar con alzados en armas es una de las decisiones más importantes que cualquier gobierno pueda tomar. Si eso no amerita unas elecciones, entonces ¿para qué son las elecciones?

Dejando esas distracciones a un lado, el hecho es que el proceso de diálogo con las guerrillas recibió un espaldarazo legitimador en las urnas. Pero es normal que después de una elección surja la pregunta de qué hacer con la oposición. El mismo Oscar Iván Zuluaga recordó el día de la derrota que no se podían ignorar los casi 7 millones de votos que obtuvo. Tiene razón. Por eso ahora ronda en el ambiente la pregunta de cómo actuar ante ese electorado. Pero para responder esa pregunta hay que esperar qué decide el candidato derrotado.

Dentro del zuluaguismo hay dos sectores que se oponen al proceso de paz pero por razones distintas y esa es una división que tiene que resolver antes de saber qué papel va a jugar en los próximos años. Le corresponde al presidente del partido, que según dicen los periódicos es Oscar Iván Zuluaga, decidir cuál de las dos vertientes manda. De una parte están aquellos que se oponen porque creen que el proceso va a fracasar y de otra parte están aquellos que se oponen a porque creen que va a tener éxito.

Me explico. A nadie le gustan los secuestros, los campos minados, los ataques a poblaciones, los atentados contra la infraestructura, los crímenes de guerra y tantas otras atrocidades que produce el conflicto. Santos ha diseñado una estrategia de negociación que, si llega a feliz término (y yo creo que llegará) puede lograr que se termine ese desangre. Pero quienes creemos en el proceso de paz tenemos que reconocer que nada es seguro en esta vida y que el proceso puede fracasar. Las conversaciones se pueden romper mañana por alguna razón que no conocemos. Las FARC (y ahora el ELN) pueden concluir que, por extraño que nos parezca desde acá, es preferible persistir en la vía armada. El acuerdo final puede terminar siendo un esperpento jurídico indefendible que se burle de las víctimas. Esos escenarios son muy poco probables y, al contrario, todo apunta a que el proceso no va a fracasar. Pero es normal y legítimo que en una democracia haya voces escépticas que discrepan y que esperan a que los hechos las convenzan. Y esas voces están casi todas hoy dentro del zuluaguismo. Si esa es la tendencia que Oscar Iván Zuluaga quiere liderar, no va a haber ningún problema. Si el proceso de paz tiene éxito, solo será cuestión de que esos escépticos admitan su error de apreciación y ya, asunto arreglado. Si el proceso fracasa, estarán en excelentes condiciones para llegar al poder en el 2018.

Pero dentro del zuluaguismo hay otra tendencia y, a juzgar por las columnas de opinión, se trata de la tendencia más vociferante. Es la tendencia que se opone al proceso de paz porque teme que tenga éxito. Aunque Zuluaga se pasó la campaña diciendo que no sabemos qué hay en el acuerdo, la verdad es que sabemos bastante sobre cómo va a funcionar. Sabemos que el acuerdo incluye ciertas reformas en el régimen de tierras tales como la creación de Zonas de Reserva Campesina, la actualización del censo agrario para poner orden a los baldíos y varios programas de inversión pública en la periferia rural. Sabemos que en materia de cultivos de coca el acuerdo se inclina por esquemas de erradicación manual y sustitución de cultivos. Sabemos que en materia de política se crearán mecanismos para mejorar las condiciones de participación de movimientos sociales. Nada de eso es una revolución. Pero también es innegable que, de llevarse a cabo esas reformas, se abriría un espacio político para que surjan fuerzas de izquierda rural ligadas a lo que hoy son las FARC. Es imposible saber qué tan grandes llegarán a ser esas fuerzas y cuáles serán sus relaciones con las fuerzas de izquierda que ya existen. Solo el tiempo lo dirá. De entrada, tendrán que enfrentarse a los intereses agroindustriales y mineros muy bien representados hoy en día en la Administración Santos de manera que nadie debe esperar que vayan a avasallar todo el panorama político. Pero ese es el meollo del proceso de paz: el conflicto como tal no va a desaparecer. Colombia es un país que depende cada vez más de la periferia rural y de los recursos naturales y eso siempre genera conflictos. Lo que se busca es que se tramiten por vías políticas y no armadas. Y una consecuencia lógica de eso es el crecimiento de nuevas fuerzas de izquierda.

Pero eso es lo que no acepta el otro zuluaguismo. Uribistas purasangre como Plinio Apuleyo Mendoza o el inefable Fernando Londoño, insisten en que el problema del proceso de paz es que, precisamente, le va a dar espacio político a las FARC para poder crecer. Es decir, para ellos el problema del proceso no es que fracase sino que funcione. Para ellos la razón de ser del conflicto actual no es solamente evitar que un grupo armado atente contra la seguridad sino impedir la consolidación de un proyecto político que a su juicio no tiene por qué existir.

Zuluaga le haría un gran favor a la democracia colombiana si se pronunciara sobre este dilema dentro de sus filas. Porque si esa es la postura del Centro Democrático, no veo cómo pueda el Presidente Santos salirle al encuentro. Eso es como discutir cómo preparar un churrasco con un vegetariano (aunque en este caso las proporciones de sangre involucradas sean al revés).

 

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