Por: Pascual Gaviria

Salón de la justicia

LOS EXPEDIENTES JUDICIALES SON los papeles peor presentados del universo escrito.

La jerga se ha empeñado en llamarlos folios, sin reparar en que están amarrados con cabuya, su primera página es casi siempre una cartulina rosada o amarilla y sostienen el manojo de papeles dispares gracias a un rudimento que simula dos estiletes cerca del lomo. Deberían llamarse atados, o líos. La lectura de los expedientes obliga a tener suficiente espacio para ir volteándolos a medida que se avanza. Cada tres hojas aparece una invertida y el lector debe girar su mamotreto para continuar con su ejercicio de fórmulas circulares y vueltas y revueltas. Algunos graciosos insisten en que es una técnica pensada para mantener despiertos a los defensores de oficio y los secretarios de juzgado. Los separadores entre esas páginas que combinan extrañamente el tedio y la sordidez, son pequeñas cucarachas convertidas en filigrana bajo el peso de las declaraciones de un proceso laboral.

Durante mi último año de estudiante de derecho gasté muchas horas como supernumerario entre expedientes de tutelas. Poco a poco aprendí a saltar las fórmulas del proceso, las consideraciones de los personeros, la defensa fotocopiada de los funcionarios y otras quincallerías para llegar hasta algunas historias interesantes. Las tutelas que tenían algunas páginas manuscritas eran casi siempre las mejores. Pueriles y excitantes, descabelladas, perfectas para el juez ávido de mostrar su sentido de justicia y para el estudiante fisgón de último año. Las que venían de las cárceles también formaban un género apetecido: la novela negra. Llenas de paranoias y secretos por revelar. Y estaban los dramas hospitalarios perfectos para adaptar a los melodramas gringos. Los pensionados de Cajanal aportaban el 60% del papel reciclable y los maestros mostraban una perfecta reciprocidad: la mitad entutelados y la mitad buscando tutela.

Según fuentes del Consejo Superior de la Judicatura, Colombia tiene archivados más de 20 millones de expedientes. Los administradores de la rama judicial, que han demostrado su experiencia para sumar y multiplicar, dicen que para el año 2000 había 277.000 metros lineales de documentos en los sótanos de los palacios de justicia. Un tesoro para armar el más completo archivo universal de la infamia, un acervo envidiable de mezquindades y humillaciones. Las emisoras deberían mandar a un locutor al sótano del palacio de un municipio elegido al azar y darle tres horas de programa para que nos leyera un expediente elegido al azar. Un desalentador ejercicio de radionovela que no nos traería ninguna cura, pero serviría como consuelo ‘vouyerista’.

Hace unos días, los 300.000 expedientes del palacio de justicia de Florencia, Caquetá, aprovecharon el pequeño vaivén que les dejó el paso de un camión y empujaron los archivadores metálicos unos contra otros, para terminar con una maravillosa montaña de papeles revueltos en el suelo. Un desorden conmovedor por la magnitud y el contenido. Los funcionarios hablan de declarar la urgencia manifiesta y prevén que algunos delincuentes podrían ser liberados por vencimiento de términos. Y se dejarán de pagar pensiones alimentarias y las víctimas de los procesos de divorcio deberán resignarse durante tres meses más. Si el gobernador del Caquetá fuera una especie de Nerón, estaría tentado a hacer Tabula rasa, a empezar de cero y poner toda esa mugre en unas volquetas rumbo al deposito de los recicladores. No sería justo, pero ya sabemos cómo es la justicia.

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