Por: Arturo Guerrero

Salvador Aguilera busca una guerra

En noviembre, a finales de 1989, el mundo se estaba sigilosamente descuartizando. Un muchacho alemán armado de un mazo hacía saltar chispas del Muro de Berlín. Un océano más allá, en el pequeño país de El Salvador, el Frente Farabundo Martí caía sobre el barrio más elegante de la capital iniciando la ofensiva general de su guerra.

Pocos meses después se desbarataría la revolución sandinista en Nicaragua al perder las elecciones los exguerrilleros. Sus pares, los del M 19 en Colombia, se amontonaban en caseríos mientras se cocinaba la paz con el gobierno. Vuelta atrás del mismo océano, la Yugoslavia de Tito estaba que se desbarataba en sangres que salpicaban la cercanísima Europa.

En este escenario sulfuroso el escritor bogotano Salvador Aguilera (1973) planta al protagonista de su suntuosa primera novela “El vuelo de la piedra”, publicada por Penguin Random House hace dos meses. El Muro de Berlín era de hormigón, de piedra, de modo que las chispas brotadas de los mazazos se coagulaban en guijarros volantes. Capisci?

Damián Dalmau es ese protagonista. Clásico estudiante latinoamericano de aquellos años en que graduarse era vicio pequeñoburgués porque ante todo había que hacer la revolución. Pasó por media docena de carreras sin acomodarse en ninguna, hasta que de casualidad aterrizó en la fotografía y se fue a formarse en Nueva York.

“Así -reflexiona-, mientras la mayoría de mis contemporáneos se debatían entre línea Pekín o línea Moscú, foco guerrillero o vanguardia armada, combinación de todas las formas de lucha o movimiento de masas, quebrar la madre a un Estado feudal o a uno precapitalista, yo dejaba correr el tiempo, asignaturas y decisiones cómodamente apoltronado en la ayuda familiar, limitándome a café, cerveza, cigarro y billar”.

Ya en la escuela neoyorkina de Artes Visuales se le reveló la teoría zonal de Ansel Adams quien proclama que “no existe solo negro o blanco, hay diez escalas del gris”. Así vino su transformación y su metáfora: “¡Al carajo con los confines ortodoxos de los extremos, polos claros u oscuros! ¡Larga vida a la indefinición entre contrastes del gris!”.

Desmelenado, Damián se desboca a buscar la foto de sus sueños: la que capte “la ausencia… de alguien que está y no está al mismo tiempo… fotografía en la guerra, no fotografía de guerra… el punto de partida interno para captar lo externo”. Y se va a buscar una guerra.

El escritor Salvador Aguilera, con su nombre que parece de ficción, se fue de Colombia a sus 18 años como voluntario de ONG en la trasatlántica guerra de Bosnia. Se enroló en organismos de la ONU que lo llevaron a Croacia, Albania, El Sahara Occidental, Salvador, Guatemala, la lista se pierde en la misma ficción. Hoy vive en Madrid, cuida a sus dos hijos, mima a su esposa y tiene en mente mucha literatura por venir.

A través de toda esa geografía convulsa arrastró a su Damián, un buscador de la luz y sus matices múltiples, un curioso sin patria que se mantiene siempre en el plano lateral, un militante del FMLN salvadoreño, un enamorado de la mujer que ya no es, “transeúnte en tierra de nadie”.

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