Por: Reinaldo Spitaletta

¡Sálvanos de la hecatombe!

Los pastores de Belén (¿o tal vez los paracos de cualquier lugar de Colombia?) vienen a adorar al Mesías. Henos aquí postrados ante la figura sacrosanta y colosal, la "inteligencia superior" -según uno de sus peones- que salvará al país de una hecatombe. Entonemos aleluyas que Uribe desea otra reelección.

Dicen algunos guasones que la hecatombe sucederá si Uribe vuelve a ser presidente. Pero en rigor la hecatombe, que también significa catástrofe y desgracia, hace rato acontece en el país de tantos pobres e indigentes juntos; de impunidades y desafueros, y, en particular, agudizada desde la imposición de un modelo económico productor de miserias sin cuento para las mayorías y de riquezas desbordantes para una casta de oligarcas.

Ahora que Uribe dice que aspiraría a la reelección en caso de una "hecatombe", en realidad la hecatombe es él. O su régimen. Que, por lo demás, ya empieza a ser repudiado hasta por sus propios partidarios, algunos de los cuales señalaron de impertinentes las declaraciones del "redentor" en trance.

¿Qué se propone el presidente? ¿Volver añicos la Constitución del 91, ya convertida en una colcha de retazos? ¿Reducir los cada vez más estrechos espacios democráticos? El caso es que por estos días ha estado más bien cariacontecido y desdibujado. Como en aquellos tiempos cuando perdió el referendo, ¿se acuerdan? Ah, simplemente que entonces enmudeció. Hoy se pone una aureola de oropel y se declara como una suerte de profeta salvífico.

Y todo este montaje mediático, propicio para titulares de prensa y aperturas de noticiarios, sucede en momentos en que el mandatario recibió una garrotera en las recientes elecciones. Antes de los comicios la emprendió "en abstracto" contra el candidato del Polo Democrático a la alcaldía de Bogotá, Samuel Moreno. Sin embargo, casi un millón de votos del alcalde electo no fueron ninguna abstracción.

El presidente, que debe encarnar el símbolo de la unidad nacional, salió a las plazas a llamar a votar en contra del candidato de la izquierda, sin nombrarlo, pero dando pistas suficientes para señalarlo. Y no es que el presidente tenga que mostrar simpatías por la oposición, pero sí respetarla. De tiempo atrás la ultraja, como cuando señaló que en ella había "guerrilleros de civil" o "comunistas disfrazados".

Sin embargo, para esta ocasión, como en otras, su "inteligencia superior" se vio desbordada por la real inteligencia del pueblo bogotano que votó masivamente por el candidato al cual Uribe quería vilipendiar. La propaganda negra utilizada por el poder no alcanzó a volver concreta la "abstracta" maniobra presidencial. Recibió un gancho de izquierda.

Cada día el uribismo exterioriza más los síntomas de su decadencia. Seguidores del "Gran Hermano" están vinculados a la parapolítica. Los destechados cada vez se dan cuenta de la demagogia oficial y realizan manifestaciones de repudio a la política antipopular del gobierno. Los reveses de éste, tan afecto a los Estados Unidos, tienen también relación con el TLC. Los demócratas gringos, a los cuales Uribe les ha hecho varios viajes y genuflexiones, no están dispuestos a aprobarlo si el gobierno colombiano no cambia, por ejemplo, su política frente a los sindicalistas.

Desde hace rato los que padecen los desafueros del sistema se enteraron de las tropelías oficiales, de los cierres de hospitales, de las humillaciones que se les hacen a los olvidados de la fortuna. Saben, por ejemplo, que la reforma laboral uribista recortó derechos a los trabajadores y no creó empleos productivos.

El "camorrismo" del presidente, sus salidas descorteses, sus alegatos de plaza de mercado con periodistas, los vínculos de paramilitares y políticos uribistas, han hecho mella entre sectores que lo apoyaban y despintado su maquillaje. He ahí parte de la hecatombe del gobierno y del régimen político colombiano.

Tal vez Uribe, que está hablando como si fuese una reencarnación divina, ve con desasosiego el avance de la izquierda democrática, que según como pinta el panorama nacional, podría ganar las elecciones presidenciales de 2010. Entonces, considerando además a sus partidarios como seres inferiores, sugiere que en su nombre y dignidad está la salvación.

Ah, ¿y la salvación de qué o de quién? De un sistema político excluyente, causante de desigualdades y desventuras para las víctimas del poder. La salvación de la plutocracia y de la injerencia de potencias extranjeras en los asuntos internos colombianos. La salvación de las trasnacionales, algunas de las cuales han patrocinado el paramilitarismo.

El Mesías llegará. Elevemos plegarias y agitemos los ramos de bienvenida. Nuestro salvador está listo para su perpetuación y coronación. Habrá látigo para los herejes y buenas nuevas para feligreses y monaguillos. El buen pastor está ahí: ¡De rodillas!

520

2008-03-07T13:44:00-05:00

column

2008-03-07T07:47:25-05:00

none

¡Sálvanos de la hecatombe!

28

5085

5113

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Reinaldo Spitaletta

Terremoto antineoliberal

Reflujo de la extrema derecha

Un cura de la Noviolencia

FMI y protesta social

Ante la ley