Salvar y perseguir

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No existe delito de sangre, eso está claro. Y hay que insistir en esa obviedad frente a los gritos de furia que quieren enlodar el debate con argumentos espurios. La vicepresidenta Marta Lucía Ramírez no es culpable de las andanzas de sus parientes ni de las sombras que carguen sus entornos, pero anula todo su discurso energúmeno de guerra frontal contra un negocio que ha defendido en silencio con una fianza absolutoria. Ha dicho insistentemente que perseguirán todos los núcleos y los círculos del narcotráfico por un país próspero y libre del delito, y han acosado a cientos de miles de familias campesinas azotadas por la persecución abierta y la fumigación que arrasa con todos los cultivos alternos. Para ellos no hay historias diferenciales ni dramas vergonzantes que les permitan continuar por otras áreas de la exculpación. Los hermanos inocentes y anónimos de los cultivadores de coca también se hunden en el mismo barranco de la desesperanza y del futuro interrumpido sin posibilidades de un nombre dignificado. Se borran todos bajo la imponencia de las botas y las balas, purgan penas largas por estar en un lugar equivocado y sin abogados de renombre que conozcan los poderes del lobby, los altos beneficios del jet set y los ajustes mínimos de leyes construidas para violentarla. Marta Lucía Ramírez, la funcionaria que ha ostentado altos ministerios y ha usado sus atriles para rugir contra todo lo que roce el narcotráfico, no puede justificar su silencio y su omisión en una torpe moral que define como tragedia familiar los delitos de su círculo y tilda todo lo demás como complicidad imperdonable. Así lo han hecho todos los entornos de esta estirpe política de viperinos, herederos de esa aura sacramental que deben sostener hasta la muerte y aunque todo se incendie a sus espaldas. Lo hacen y lo seguirán haciendo por tradición y porque es la única virtud que les dejó la cultura monárquica de la mentira. Doscientos años después de la permanencia ilusoria y convencida de los criollos en las altas capas de la sociedad, deben seguir maquillando la atmósfera que los hace verosímiles a sus bastiones y les asegura un nuevo ciclo de votos por la buena apariencia y la delicadeza de las formas.

No hay delicadeza ni buenas formas cuando el discurso debe traicionarse por las prioridades y las intimidades prácticas de la salvación. Desde el otro lado del lenguaje teórico de la imponencia, la fianza para excarcelar un narcotraficante es un acto sutil de generosidad con el delito más oscuro y tenebroso, según palabras recurrentes de su partido, negado a aceptar cualquier intento de legalización ni una mínima disposición a entender el fracaso rotundo de una guerra que ha perdido todas las inversiones posibles desde el tiempo de su aparición. Pero el discurso defensivo es su única patente de vigencia, no hay forma alternativa ahora de salvarse en el tiempo que insistir en la negación y en la venganza; no hay otra forma de captar adeptos que entre el rencor y entre las cifras plásticas del éxito. La vicepresidenta seguirá en su cargo, como siguen todos entre la tormenta, minimizando la soberbia de su voz mientras pasa el rumor y regresa la costumbre de un poder heredado por designios del cielo.

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