Por: Ana María Cano Posada

Samarcanda

Llegaron al avión con fines distintos y alcanzaron un fatal destino común.

Un hado reunió en París en el vuelo 11 de Avianca, invitados por Belisario Betancur al Encuentro de cultura hispanoamericana en Bogotá, a dos intelectuales con calado latinoamericano, la pareja de Marta Traba y Ángel Rama; a Jorge Ibargüengoitia, escritor mexicano; a Manuel Scorza, novelista peruano; a Rosa Sabater, pianista española. Por otro lado llegó Ana Sixta de Cuadros, política liberal. Y Jean Marc, politólogo y un pintor que trabajó en París varios años y toda su obra, desconocida en Colombia, la traía en guacales en la bodega. 192 pasajeros con sus deseos abordaron ese sábado el Boeing 747.

La familia Neger con sus dos hijitos. Y Hugo Bernal, ingeniero de la Ericsson que venía de entrenarse en la casa matriz. El turno de la planilla lo tomó la tripulación del capitán Tulio Hernández, con 35 años de experiencia y a su cargo 19 más que habían hecho la ruta hasta Barajas docenas de veces. El avión se obtuvo por leasing de la línea escandinava Sas, con 21 mil horas de vuelo. Casi nuevo. Y lo llamaron Olafo.

El hecho y su causa son escuetos en la historia: “El avión impacta contra el terreno tres veces consecutivas a la 1:06 a.m. del 27 de noviembre de 1983, con tren de aterrizaje desplegado y flaps configurados para aproximación en Mejorada del Campo, a 12 kilómetros al suroeste del Aeropuerto Madrid-Barajas. De sus 192 ocupantes sólo hay 11 sobrevivientes”.

La causa, “el comandante, sin tener conocimiento preciso de su posición, se dirigió a interceptar el ILS (sistema instrumental de aterrizaje) con una trayectoria incorrecta, sin iniciar la maniobra de aproximación instrumental publicada, descendiendo por debajo de todos los márgenes de seguridad aérea, hasta colisionar”.

De los relatos, el de Jean tiene el hado trágico. Él fue a Sitges a armar la escena del Frente Nacional. Ya en París su tarot mostró la guadaña. Un día después una figura desconocida lo abordó en la calle y le contó algo sobre la pulsera de plata que le entregó: a él le pareció entender que ese era el augurio. Contó a su novia de la carta de la Muerte y de la pulsera y a los tres días, del tendal de restos, fue esa esclava la que le indicó a ella dónde estaba Jean.

Otro Jean, Baudrillard, en su libro De la seducción, cuenta “la historia del soldado que se encuentra con la muerte y cree verle hacer un gesto amenazador. Corre al palacio del rey a pedirle su mejor caballo para huir de la muerte durante la noche, lejos, muy lejos, hasta Samarcanda. Con ese motivo el rey convoca a la muerte al palacio para reprocharle que espante de ese modo a uno de sus mejores servidores. Pero ésta le contesta asombrada: No he querido causarle miedo. Era solo un gesto de sorpresa al ver aquí a ese soldado, cuando teníamos cita a partir de mañana en Samarcanda”.

El primer golpe del avión sobre aquel descampado abrió las salidas de emergencia por donde fueron arrojados los cuatro de la familia Neger, el segundo golpe contra un promontorio desprendió la cola del avión, y allí salieron, en medio del fuego, Hugo Bernal y detrás de él, amarrados aún al asiento, Carmen Navas, una economista venezolana. Espantados al reconocerse como sobrevivientes, salieron corriendo siete adultos con cuatro niños en brazos, mientras oían atrás las detonaciones de esa nave que minutos antes había anunciado por el altavoz: señores pasajeros, estamos próximos a aterrizar…

 

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