Por: Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja

San Antoñito 2017

Don Tomás Carrasquilla fue un viejito socarrón y cascarrabias de Santo Domingo, Antioquia. Nació en 1850 y murió en 1940. Vivió en su pueblo, Bogotá y Medellín. Escribió relatos y novelas, no costumbristas, según creen algunos, sino obras del más agudo realismo. Como San Antoñito, cuento publicado en El Montañés, Medellín, enero de 1899.

Es la historia de tres beatas, Aguedita Paz, doña Pacha y doña Fulgencia, criaturas entregadas a Dios y a su santo servicio, que llegan a “engranarse en íntimas relaciones y compañerismo con Damiancito Rada, mocosuelo muy pobre, muy devoto, y monaguillo mayor en procesiones y ceremonias”. Siguiendo a Carrasquilla, este Damiancito era “sumamente rezandero y edificante, comulgador insigne, aplicado como él solo dentro y fuera de la escuela, de carácter sumiso, dulzarrón y recatado, enemigo de los juegos estruendosos de la chiquillería. (…) ‘El curita de Aguedita’ llamábalo todo el mundo, y en mucho tiempo no se habló de otra cosa que de sus virtudes, austeridades y penitencias”.

A pesar de “ser un bicho raquítico, arrugado y enteco, aviejado y paliducho de rostro, muy rodillijunto y patiabierto, muy contraído de pecho y maletón, con una figurilla que más parecía de feto que de muchacho, resultó hasta bonito e interesante. (…) Fue ‘San Antoñito’. San Antoñito le nombraban y por San Antoñito entendía. ‘¡Tan queridito!’ decían las señoras cuando lo veían salir de la iglesia (…) tan aseadito y decoroso. (…) Esa sonrisa de humildad y mansedumbre. ¡Si hasta en el caminado se le ve la santidad!”.

Aguedita Paz lo manda a estudiar al seminario de Medellín, en donde se gana el corazón de sus patronas, las señoras del Pino, doña Pacha y doña Fulgencia. En un año se acrecientan el prestigio, la sabiduría, la virtud sublime de aquel santo precoz. “¡Esa aplicación d'ese niño! ¡Y ese juicio que parece de viejo! ¡Y esa vocación para el sacerdocio! ¡Y esa modestia: ni siquiera por curiosidad ha alzado a ver a Candelaria!”, una muchacha criada “en mucho recato, señorío y temor de Dios”, un vergel cerrado (¡!), a la que las señoras no perdían de vista ni un instante.

Un día cualquiera llega una noticia espantosa: Damiancito lleva más de dos años sin ir al seminario. “¡Nos co-mió el se-bo el pen-de-je-te!”, se lamentan doña Pacha y doña Fulgencia. “¡Vagamundo! ¡Perdido! ¡Engañar a unas tristes viejas! ¡Robarles el pan que podían haberle dado a un pobre que lo necesitara! ¡Ah, malvado! ¡Comulgador sacrílego! ¡Inventor de certificados y de certámenes!... ¡Hasta protestante será!”. Deciden jartarlo de almuerzo hasta que se reviente. “Pero eso sí: ¡chocolate del de nosotras sí no le das a ese sinvergüenza! ¡Que beba aguadulce o que se largue sin sobremesa!”. Terminado el almuerzo, doña Pacha va a buscar a Damiancito a su pieza y no encuentra ni la maleta ni el tendido de cama. Peor aún: “Por la noche llaman a Candelaria al rezo y no responde; búscanla y no aparece; corren a su cuarto, hallan abierto y vacío el baúl... Todo lo entienden”.

Ahora, por favor, respondan con franqueza: ¿a quién se les parece Damiancito Rada, San Antoñito, el curita de Aguedita? Digan el primer nombre que les venga a la mente. No hay afán, eso fue hace 118 años, los mismos del proceso de momificación de Medellín y Antioquia. Y de Colombia. Para su consuelo, pueden llorar “una lágrima nítida, diáfana, entrañable”. Como Fulgencia.

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