Saña, cizaña y sarna

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Cizaña: “aludir a la acción de malmeter y provocar algún malentendido con la intención de crear disputas y enemistades”.

“Hace referencia a la ‘cizaña’, un tipo de trigo que crece sin haber sido plantada y con frecuencia la confunden. La diferencia es que el grano que produce y su harina son tóxicos para el consumo humano”.

“Cuando alguien quiere meterse en un asunto para emponzoñarlo y crear disputas, se lo califica como ‘meter o sembrar cizaña’, creando daño a otra persona, menoscabándola, generando discordia”.

Saña: “Intención rencorosa y cruel, enojo y violencia contra algunas personas (...) sañudo, virulento, mordaz, acre, airado, inflexible, enconado, agresivo”.

Sarna: “Cuando un ácaro microscópico hembra se inserta en la piel a poner sus huevos, generando una picazón incontenible. Supercontagiosa. Cualquier contacto con otro humano la transmite”. Se dice que “sarna con gusto no pica”, pero genera pandemias.

Estas definiciones nos retratan a los colombianos, expertos en sembrar la cizaña, en ensañarnos con el que piense diferente o sobresalga más y contagiando a todos con la picazón incontrolable de la polarización, en la que cada quien se rasca y se rasca hasta formarse úlceras, sin importarle, como los monos, con la diferencia de que ellos tratan de sacársela al otro para que no se haga daño.

Saco este tema porque a Claudia López, alcaldesa de Bogotá, no la dejan un minuto en paz. Desde el día de su posesión ha sido víctima de la cizaña, la saña y la sarna de aquellos colombianos que no toleran, no soportan, no admiten que esté gobernando la capital del país, que sea una líder innata y frentera, que sepa tomar las riendas de ese caballo desbocado que es Bogotá y lo esté metiendo en cintura, que no comulgue con ruedas de molino ni caiga en zancadillas matreras.

No le perdonan ni una. Buscan como ratas rabiosas cualquier agujero para encontrar un queso podrido y mostrarlo.

Que si fue a mercar sin tapabocas, que si retó al subpresidente, que si dilapidó un hospital para las urgencias de la pandemia, que es demasiado autoritaria, que es una “tirana”, que utiliza lenguaje peligroso, que tiene cálculos políticos, que sufre de egos personales, que si estornudó a propósito o se tragó el estornudo, que vive en pecado, que es joven, que es mujer.

El fariseísmo de sus detractores rayó ya en la demencia cuando Claudia se atrevió a decir: “No quiero estigmatizar a los venezolanos, pero hay unos que, en serio, nos están haciendo la vida de cuadritos. Aquí el que venga a trabajar bienvenido sea, pero el que venga a delinquir deberíamos deportarlo inmediatamente”.

¡Rayos y centellas! Acusaciones de xenofobia. Publicación de mentiras tan contundentes como que “este país siempre les ha abierto las puertas a los inmigrantes de todas las orillas”. Cuando sabemos que somos uno de los países más cerrados del mundo: que lo digan los japoneses, los españoles y los alemanes cuando buscaron asilo político. Siempre hemos descalificado al extranjero, sea ecuatoriano o boliviano, no digamos si es mexicano o guatemalteco. Solo con los gringos nos abrimos de patas.

Estas palabras de Claudia López no tienen nada de xenofobia. Tiene toda la razón en decir que son bienvenidos todos los venezolanos mientras no cometan delitos. Tiene toda la razón del mundo. Si por primera vez Colombia ha abierto sus puertas “al otro” es con los venezolanos. Países hermanos hasta que lo destruyó la politiquería populista.

Se nos olvida que entre nosotros, los colombianos, también nos excluimos entre departamentos. No es lo mismo ser rolo que paisa, ni costeño que nariñense, ni negro que blanco, ni rico que pobre, ni del San Carlos o la escuelita de Doña Rita.

Leí también una frase de algún fariseo declamando: “Sus mensajes (los de Claudia) traerán consecuencias nefastas”. Y otra perla: “La alcaldesa debe estar a la altura de su cargo”. Cizañosos, emponzoñados y sarnosos que no pueden reconocer la magnífica labor que está realizando. No se lo perdonan ni se lo van a perdonar jamás. En un país corrupto, machista, camandulero y homofóbico jamás le perdonarán el simple hecho de existir, mucho menos gobernar y liderar.

Siga adelante. A contracorriente. Surfeando olas matreras. No se deje salpicar.

Posdata. Escribo esta columna el 31 de octubre, recordando con el corazón arrugado de tristeza la partida, hace un año, de Alfredo Molano, ese brujo misterioso que supo escuchar el dolor de un país envuelto en sangre.

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