Por: Ignacio Zuleta

Sancocho de sesos

En un interesante informe aparecido en varios medios el 25 y 26 de junio, los bogotanos nos enteramos de que en la ciudad había cerca de diez mil antenas hace diez años. Más de la mitad eran de telecomunicaciones —es decir, de las que emanan microondas, como las del horno de su casa— y más del 80%, ilegales, según dicen.

El informe y las cartas de la Contraloría Distrital muestran una situación aterradora. Nadie parece saber en realidad cuántas antenas hay a la fecha: ni la Alcaldía, ni Planeación, mucho menos las secretarías de Salud o de Ambiente, que deberían estar pendientes de los niveles de radiación a los que estamos sometidos. Seguramente ni siquiera los operadores de telefonía celular tienen datos concretos, pues han venido usurpando, con la estrategia pirata que los caracteriza, los techos, los montes, las zonas de amortiguación de reservas naturales y el aire mismo por donde surcan las frecuencias.

La OMS asume una posición ambigua sobre los efectos de la exposición a los campos electromagnéticos producidos por las líneas de conducción eléctrica, las pantallas, los radares, los hornos, las antenas satelitales, los routers y los celulares. Como un bien educado ente burocrático, la OMS dice que en cuanto a la salud no hay riesgos, pero que sí los hay... Mejor dicho, confiesa que los humanos aún no conocemos a ciencia cierta las consecuencias de estos nuevos juegos, y que cuando menos deberíamos minimizar la exposición a las ondas invisibles. Señala entonces unos estándares tentativos, que son precisamente los que no cumplimos en Colombia. Muy bien podríamos estar metiendo a nuestros hijos al horno microondas sin saberlo; o colaborando con la “epidemia” de cáncer que todos, excepto los médicos, parecen reconocer en el entorno; o bien causando los típicos cambios en el comportamiento de un cerebro recalentado, comunes al habitante de esta urbe, a saber: irritabilidad, insomnio, déficit de atención, dolores de cabeza... ¿O todas las anteriores?

Aunque a muchos les suene a teoría de la conspiración, las armas electromagnéticas desarrolladas a mediados del siglo pasado intentaron utilizar las ondas para crear cambios severos en el comportamiento, en la salud y en la voluntad del individuo. Son armas reales, de una perversidad y un refinamiento técnico nada despreciables. Recordemos que somos cuerpos de energía, y que un caos electromagnético como el que estamos creando en Bogotá tiene consecuencias graves, como lo saben hace rato los médicos bioenergéticos y los individuos conscientes y sensibles.

Si los colombianos vamos a jugar con las más sofisticadas invenciones de Occidente, lo mínimo es que los ciudadanos, los dirigentes y los entes que vigilan entiendan que esta juguetería moderna implica una responsabilidad enorme, una estricta vigilancia y unas precauciones evidentes. No serán los comerciantes de ondas los que nos digan la verdad de lo que pasa. ¿Está Claro?

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