Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

Sangre en vez de VAR

No sé en cuál libro de Voltaire está esta frase: “Soy muy amante de la verdad, pero en ningún caso del martirio”, que usa Camilo José Cela como epígrafe de uno de sus Once cuentos de fútbol, en el dedicado a los árbitros. En todo caso, no aparece ni en el Tratado sobre la tolerancia ni en Cándido. Y como de frases apócrifas está lleno el mundo, resultará que tampoco será del pensador francés como aquella que tanto le atribuyen y que él nunca pronunció ni escribió: “No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”.

Lo que sí dijo Voltaire, aunque no venga al caso, fue aquello de “Dios creó el sexo. Los sacerdotes, el matrimonio”. Volvamos al árbitro, que de tal condición y oficio, peligroso y que no tiene en cuenta las implicaciones del complejo de Edipo, es que vamos a discursear. El árbitro, que en la literatura ha sido buen motivo de prosa, pese a los maltratos que, con justeza, se ganan en los estadios y canchas de barrio, es un ser malquerido. Le pasó, digamos, a Gallardo Pérez, el referí mejor logrado en cuento, creado por el inolvidable Osvaldo Soriano.

Cela, en su libro precitado, tiene un relato, El holocausto, sobre árbitros y arbitrajes, en el mejor estilo valleinclanesco, con esperpento incluido. Y se trata de cómo por pitar un penalti, al árbitro Minervino Caeymaex Cabrillas, alias Gazapo, “lo colgó el paisanaje de la horca municipal”. Y vaya si hubiera leído con tiempo a Voltaire se habría evitado tan maluco percance. Al fin de cuentas, Gazapo murió en tales circunstancias como un buey: “sin decir ni mu” o, si se quiere, “como un pajarito analfabeto, sin decir ni pío”.

Y esto viene a cuento porque en la pasada Copa América, con VAR incluido, hubo situaciones límite con árbitros y jugadores, con jugadas y extrañas maniobras de los jueces. Tanto, que a dos estrellas del torneo, como son Messi y Gabriel Jesús, argentino y brasileño, las expulsiones que sufrieron fueron —y de ahí la polémica con enardecimiento y todo— injustas. No sé en estos pleitos hasta dónde el concepto de justicia sea determinante. Y como de acuerdo no solo con lo que dijo Messi, sino por muchas razones ya sabidas, hay muchas corruptelas en el fútbol.

Mínimo hubo actitudes sospechosas con el VAR, que no deja de ser una ayuda tecnológica que se parece a un “coitus interruptus”. Si el gol, se ha dicho, no sin temblores, es un orgasmo universal, cuando usted ya lo ha gritado y celebrado y se ha puesto hasta morado de tanta emoción, llega el árbitro y dice que hay que esperar, que no se emocionen mucho, porque el oráculo dirá si hubo o no hubo gol. Si sí fue, ya usted se había botado en contracciones y alaridos y no le queda mucho que mostrar; si no, ahí le llega su nudo en la garganta.

A Messi, tan buen jugador y en apariencia tan manso, lo desbordaron con situaciones que siguen en el plano de la sospecha. La expulsión y que el árbitro no haya apelado al VAR en dos jugadas que ameritaban la consulta. Y entonces el genio se despachó: “La corrupción no permite que la gente disfrute del fútbol. Lamentablemente veo que está armada la Copa para Brasil. Ojalá el VAR y los árbitros no tengan nada que ver en esta final”. Y se armó la tángana.

Hubo muchos que descalificaron las declaraciones, pero una monjita argentina, habitante de Cataluña, sor Lucía Caram, se puso del lado del astro: “Como siempre, ha dado lo mejor de sí y él ha hablado claro: corrupción, manipulación, arbitrajes muy arbitrarios, penaltis no vistos, no querer revisar lo del VAR y después esta tarjeta colorada absolutamente injusta”. Y no faltó quien haya pedido el patíbulo para los árbitros.

Y aquí vuelve Cela. Su cuento se llama El holocausto y esta palabra significa “quemar por entero. Quemar sin dejar ni el rabo”. A Gazapo (y a otro árbitro) lo ahorcaron (dice una voz que no es lo mismo ser viuda de jamón que viuda de churrasco). Para efectos del mal morir, da lo mismo en la horca que en las llamas. Y es preferible leer a Voltaire.

Había en Medellín un árbitro, el viejo Quin, que pitaba penalti solo si había sangre. Creo que, en parte, hasta razón tenía. El VAR debía cambiarse, en el caso de la pena máxima, por la sangre y no faltará el futbolista que lleve en las medias bombitas de anilina roja. Mientras hacen el análisis de la muestra, el árbitro, para su beneficio, puede ponerse a leer al filósofo francés y al escritor gallego.

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Sangre en vez de VAR

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