Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

Sangre tumaqueña

Lo han llamado la “caldera del diablo”. En los 70 se decía que era el tugurio más grande de Colombia. Tiene una tradición de luchas populares, paradigmática. Y, ayer como hoy, ha sido una población olvidada por el Estado, dejada a los avatares de la politiquería y, en un abandono de miserias sin cuento, ha sido disputada por guerrilleros, paramilitares y otras bandas delincuenciales. Tumaco, la de los futbolistas endemoniados por su gambeta, ha sido víctima de cuantiosos saqueos. Hoy, tierra ensangrentada; ayer, arrasada por compañías extranjeras. A mediados de los 60, una empresa foránea, la Potlach Forests Inc., maniobrando con otra multinacional, compró los pasivos de Maderas y Chapas de Nariño. La inversión la multiplicaron con creces. Las pingües ganancias se fueron para la metrópoli estadounidense.

Después, se la vendieron a un consorcio, cuyos dueños eran Jack Simplot, acaudalado negociante, y Oliverio Phillips Michelsen, pariente del expresidente Alfonso López. Saquearon a su amaño los recursos forestales, estafaron al fisco y amasaron riqueza con el sudor y explotación de unos 500 trabajadores tumaqueños. En 1977, una insubordinación de los asalariados, ocupó la empresa, debido a que los propietarios se habían volado sin pagarles ni un peso a los operarios.

Llevaban siete meses de luchas con los patronos, que les debían 14 semanas de salarios, primas, prestaciones sociales. Y el Gobierno, entre tanto, pese a las protestas, manifestaciones y otras demostraciones obreras, se hacía —como suele pasar— el de la “oreja mocha”. Una mañana, al enterarse de la “fuga” de los patronos, los trabajadores se tomaron la fábrica y la pusieron a producir para ellos.

Aquella fue una de las más importantes gestas populares en Tumaco, una población que a fines de 1979, fue devastada por un terremoto. Los extranjeros arrasaron los maderales, en una acción de pillaje que contó con la complicidad de los gobiernos de Lleras Restrepo y Misael Pastrana, y el concurso de gamonales, ministros, tinterillos y otros testaferros. Entre ellos, Samuel Alberto Escrucería, al que los lugareños llamaban el “Anastasio Somoza del imperio tumaqueño”.

Y tras aquel desmantelamiento de años, en los que los yanquis (y sus intermediarios criollos) se llevaron el cuángare, el tangaré y otros maderables, advino el narcotráfico. El mismo que, hoy, en el segundo puerto colombiano en el Pacífico, concentra, según analistas, toda la cadena: cultivos de coca, laboratorios de pasta base, de clorhidrato de cocaína y la ruta de salida hacia el Pacífico.

En un momento de su historia, Tumaco albergó, para su desgracia, a paramilitares, guerrilleros, bandas criminales, todos en disputa de un territorio estratégico. Y, entre tanto, la que padecía todos los martirios era, como suele ocurrir, la mayoría de los habitantes. Y a tales flagelos contra la población, se sumaban los clanes politiqueros, que campean a placer.

Ahora, con la incorporación de nuevos grupos ilegales, el complejo panorama tumaqueño se ha agravado. Las denuncias populares hablan de desplazamientos y reclutamientos forzados, confinamiento de millares de familias y un régimen de terror en el territorio. El 5 de octubre pasado, como se sabe, en una masacre atribuida a la fuerza pública, murieron cerca de 15 personas.

“No fue un policía, ni fueron dos, todo parece indicar que fue más de una veintena de miembros de la fuerza pública que dispararon. Es decir tuvo que existir una orden de disparar”, dijo Ariel Ávila, subdirector de la Fundación Paz y Reconciliación. La violencia se apoderó del puerto y, según cifras no oficiales, van, en 2017, 420 muertos. Los campesinos insisten en que, cuanto antes, el Gobierno cumpla con al programa de sustitución de cultivos de uso ilícito para las comunidades.

A veces, los lugares comunes hay que reiterarlos. En Tumaco, donde reinan los grupos ilegales y la politiquería, hay que hacer inversión social, generar empleo productivo, darles a los ciudadanos el modo de acceder a la cultura, la educación, los servicios de salud, en fin. ¿Cómo desestimular la siembra de coca? Hay que otorgar alternativas de bienestar a los cultivadores. Ah, y la solución no está en acrecentar el pie de fuerza, en llevar más batallones de soldados y policías, como lo hace el gobierno actual.

La compleja construcción de la paz podría quedarse solo en demagogia, si no hay presencia estatal para la solución de los problemas básicos de la gente, que todos puedan tener una vida digna y próspera.

El alma tumaqueña (¡oh!, Tito Cortés) está iluminada por históricas gestas populares, como las de los madereros. Hoy, ante tantas desventuras, se escucha el rumor de una vieja canción: “Y en tu rostro apacible una lágrima avanza”.

 

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