Por: Adolfo Meisel Roca

Santander

EL GRAN HÉROE LATINOAMERICANO de todos los tiempos es, sin lugar a dudas, Simón Bolívar. En Venezuela, por ejemplo, el culto a Bolívar es un aspecto central de la identidad nacional.

Aunque en Colombia el mito bolivariano no alcanza las dimensiones que adquirió en Venezuela, desde la izquierda hasta la derecha, pasando por el centro del espectro ideológico, amplios sectores de la opinión se identifican con Bolívar: por ejemplo, las Farc, el Partido Conservador, en el pasado el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), el M-19. Esto es paradójico, pues en el pasado fueron los sectores más conservadores los que se identificaron con Bolívar.

Entre los próceres colombianos el único que tuvo liderazgo y talento suficiente para hacerle contrapeso a Simón Bolívar fue Francisco de Paula Santander. Aunque en el siglo XIX los sectores políticos que terminaron formando el Partido Liberal se identificaron por razones ideológicas con la figura histórica de Santander, no hay nada parecido a un “culto a la personalidad” en torno a este personaje. Es más, con la expresión “santanderismo” se descalifica actualmente algún procedimiento burocrático como apegado excesivamente a la letra de la ley.

La figura de Santander no ha logrado inspirar en la época posterior a la independencia un entusiasmo remotamente parecido a el de Bolívar, incluso en quienes ideológicamente se identifican con él. ¿Por qué? El historiador David Bushnell, tal vez la primera autoridad en la vida y obra de Santander, sostiene que varios rasgos de su personalidad explican esa falta de fervor santanderista.

Una de las ventajas que Bolívar tenía sobre Santander a la hora de producir fervor entre sus contemporáneos, y en esa medida también entre las futuras generaciones, estaba en el carisma. Bolívar era un caribeño extrovertido, culto, hombre de mundo, desprendido de los intereses materiales, pero con una inmensa capacidad para establecer una gran empatía con todos los grupos sociales. Escribía bien y en las relaciones cara a cara era un gran seductor. En contraste, la prosa de Santander era más de tipo práctico: muchas cartas y mensajes oficiales que no lograban entusiasmar, un poco como su talante.

Bushnell menciona varias ventajas de Bolívar sobre Santander, además de la del carisma. Entre éstas destaca la inmensa generosidad de Bolívar con el dinero, en contraste con el apego que tenía Santander.

Algunos rasgos personales de Santander hicieron que no tuviera la dimensión humana, e incluso histórica, de Bolívar. Sin embargo, en los años finales de la Gran Colombia los rasgos autoritarios de Bolívar se habían acentuado. Por eso, cuando Bolívar se convirtió en dictador en 1828, Santander guardó silencio en torno a la conspiración que un grupo de jóvenes neogranadinos organizó para matarlo. Tenía Santander la convicción profunda de que había que defender un sistema de gobierno democrático, en el cual la libertad de prensa y los derechos ciudadanos se respetaran. Por su apego a la ley y las instituciones democráticas, Santander es la figura esencial de nuestra tradición republicana.

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